El miedo a la vagina dentata, esa figura imaginaria que atraviesa a la humanidad desde el origen de los tiempos, late entre sombras y sobresaltos, en esta Obsession convertida en un fenómeno mundial. Dicha vagina con dientes que amenaza con emascular los atributos masculinos, ha sido un símbolo recurrente desde el medievo europeo a los zoques de Chiapas.

Su hipotética existencia ha pervivido como un antídoto contra la llamada de la libido. Icono rimbombante de los delirios del surrealismo y símbolo psicoanalítico ajeno al mundo de Freud y a su famosa y aborrecida “envidia del pene”, Curry Barker se sirve de esa conjura misógina para sublimarla con mecanismos propios de narradores del tercer milenio que van de Thomas Ligotti a Neil Gaiman.

Para penetrar en Obsession hay que fijar la trayectoria de su realizador, Curry Barker (Alabama, 1999). Barker es un afamado youtuber, un centennial que junto a su socio Cooper Tomlinson, lleva tiempo produciendo píldoras de risa perpleja y color escatológico bajo el título de That’s a bad idea

Convertido en la figura del verano de 2026 por su segundo largometraje; de momento, a las grandes productoras de Hollywood no les ha hecho ninguna gracia que un filme de paupérrimo presupuesto, haya barrido a las últimas entregas de Star Wars, superhéroes y demás fruslerías. Costó apenas 750.000 dólares y ya ha recaudado 300 millones de dólares. Tomen nota los sedientos de las subvenciones para quienes nunca les resultan suficientes las ayudas que recolectan.

Pero vayamos a lo que importa. Se cumplen 124 años, siete años después de que naciera el cine, del día en el que W. W. Jacobs, un humorista que nos regaló algunos latigazos de terror, publicó La pata de mono (The Monkey’s Paw) en 1902. De aquel breve relato se han derivado multitud de novelas y decenas de películas con idéntico leit motiv. En realidad, se trata de la puesta en escena de la maldición gitana que escupe: “¡Ojalá tus deseos se cumplan!”.

Dirección y guion: Curry Barker Intérpretes: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson,Megan Lawless y Andy Richter País: EEUU. 2025 Duración: 108 minutos

Bajo esa creencia y sabedor de que en toda victoria late una derrota, Jacobs formuló las consecuencias que pueden emanar del hecho de conseguir por atajos ilegítimos lo que se desea. En su cuento, una vieja pata de mono disecada era el talismán. En Obsession, tiempos blandos los de ahora, el medio es una vara que al romperla regala lo que se anhela.

Así, Bear (Michael Johnston), un joven e indeciso enamorado, incapaz de verbalizar su amor, opta por el atajo de un hechizo para conseguir que su amor platónico, Niki (Inde Navarrete), le corresponda. Si ese es el pretexto que pone en marcha Obsession, la gasolina que lo incendia descansa en la confusión y temores que agobian a muchos hombres jóvenes contemporáneos a la hora de relacionarse con chicas en un nuevo orden social donde los roles del viejo patriarcado ya no reinan.

Son los mismos miedos que llevan a tanto descerebrado –menos de los que dicen y siempre más de lo que se necesita– a votar a la extrema derecha, a renegar del feminismo y a asumir actitudes agresivas de machirulos en guerra. El protagonista de Obsession no cruza esa línea. Al contrario. Pasivo y acobardado, su máxima culpabilidad consiste en cosificar a la mujer de la que se siente enamorado, convertirla en objeto de deseo y en desear poseerla a través de un ridículo y fatal encantamiento.

Aunque el motor que mueve el argumento se sabe propio de lo fantástico y pese a que desde algunas lecturas se subraya su discutible pertenencia al cine de terror, la realidad es que Obsession no milita en el género, sino en la reflexión. Lo que articula el filme sabe del mal rollo y propicia una sensación de desmoronamiento y perversión.

Aquí aparece la calidad de Curry Barker. Un Barker que está a punto de filmar su propia reescritura de La matanza de Texas (1974); para él, su obra de referencia, su película de cabecera, la que siendo un adolescente le enseñó que, a veces, hay películas que estremecen y conmocionan.

En Obsession, Barker apela a la angustia, a la perturbación. No hay exceso de gore, tan solo sobredosis de realidad grotesca. No acumula fuegos de artificio. No hace (muchas) trampas. Músico, además de dramaturgo y realizador, Barker controla el ritmo y obtiene de sus actores, impecable Inde Navarrete, vulnerable Michael Johnston, un excelente e imperfecto golpe de mano. Una de esas películas que nacen para quedar como emblemas de un tiempo, de una época.