Escribía Stephen Zweig, en su biografía sobre María Antonieta, que lo más terrible de su final fue la espera. “Si la Revolución se hubiese precipitado como un alud sin dar tiempo para reflexionar, esperar ni resistir...” si no hubiera dado lugar a la lenta agonía que sumió en la desesperación a la reina altiva, a Luis XVI y a sus hijos, la Revolución habría sido más compasiva.

Pero no fue así, y lo que ilustra Gianluca Jodice consiste en recrear días de insufrible espera. Su filme convoca la incertidumbre del amanecer y las noches de desesperanza de quienes eran dueños de todo y terminaron por perder sus cabezas.

De eso va y eso muestra un filme radicalmente alejado del retrato postmoderno de Sofia Coppola. Esta María Antonieta, interpretada por Mélanie Laurent, con insólita mezcla de silencios altivos y gemidos que taladran, queda muy lejos de las Antonietas que alumbraron mujeres como Kristen Dunst, Emilia Schüle y Diane Krüger, por citar solo a algunas de las últimas. Con una puesta en escena austera, con un tono atemporal y con el contrapunto de un magnífico Guillaume Canet –cuesta reconocerlo en la piel de Luis XVI–, Gianluca Jodice evita la épica del lujo y huye de la algarabía de la rabia.

Su filme nace con luces bajas y escasas palabras. Recrea los días de enclaustramiento de la familia real a la espera de la decisión de quienes habían promovido el fin del antiguo régimen en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad y al ritmo de La Marsellesa.

Dirección: Gianluca Jodice Guion: Filippo Gravino y Gianluca Jodice Intérpretes: Guillaume Canet, Mélanie Laurent, Aurore Broutin, Hugo Dillon y Tom Hudson País: Francia. 2025 Duración: 101 minutos

La película crece, no tanto por lo que muestra, sino por lo que late en sus entrañas. Por los pequeños gestos, por las caricias quedas, por reproches mudos, por miedos que estremecen y por recuerdos que atormentan. Obra abierta que se completa en la memoria del espectador, el filme avanza hacia ese final con el que Ridley Scott empieza su Napoleón. En las antípodas del delirio de Scott, aquí la única solemnidad que se vislumbra nos/se la cuenta a su majestad, el verdugo que cortará su cabeza.

Por él sabremos del ritual homicida, de la locura e incluso de la idea que tuvo Luis XVI de humanizar la guillotina dándole su forma diagonal. Y es que Jodice nos recuerda que la vida es paradójica. “Vinimos para traer bondad y no hemos sabido ser bondadosos” afirma uno de los jueces que le dan al rey la noticia de su ejecución. De eso va esta oscura película, de reverso de la vida, por eso en su título original habla del diluvio, de esos hechos que cambian la historia a costa de dolor, sangre y vidas.