Síguenos en redes sociales:

Igor Arrieta alcanza la gloria en el Giro

El navarro, sobresaliente, se repone a todas las calamidades para vencer en Potenza tras una exhibición descomunal y somete a Eulálio, nuevo líder, en un final loco

Igor Arrieta grita su gesta, ensangrentado tras la caída.EFE

20

El dios de la lluvia, las tormentas y las tempestades, el rey de los cielos, Neptuno en la mitología romana, Zeus en la versión griega, decidió intervenir en los designios del Giro, que tuvo que agachar la cabeza, humilde, ante la fuerza desatada de la naturaleza, indomable.

Está bien recordarlo ahora que el hombre cree, erróneamente, que puede domesticarla y que responda a sus deseos y caprichos.

El diluvio lo retó un antológico Igor Arrieta. Repleto de arrojo, heroico, el navarro se adentró al corazón de la tormenta, al ojo de la tempestad, con la inconsciencia y la ambición de los grandes exploradores.

Completó Arrieta un tratado de épica, el lenguaje que manejan los soñadores de gestas. Histórica su victoria, desde los estertores.

La emoción empuñando un triunfo descomunal en Potenza después de sobreponerse a todas las adversidades posibles. Herido, dolorido, victorioso. Sangre, sudor y lágrimas.

Arrieta a su llegada a meta.

Arrieta se fue al suelo, se equivocó de carretera, pero tuvo el coraje, la fuerza y el amor propio de los grandes campeones para someter a Afonso Eulálio, nuevo líder, en una etapa para los anales. Tan bella como cruel.

Arrieta lloró de alegría, a borbotones, tras una remontada alucinante. Un thriller maravilloso. Impensable. El ciclismo en estado puro. Mil vidas en mil metros.

No se lo creía Arrieta, segundo en la general, a 2:51 del luso, que tuvo que sostenerse la cabeza, emocionado hasta el tuétano cuando batió al portugués en un duelo fastuoso, ambos vacíos, pedaleando desde el más allá.

Después, Arrieta se abrazó a los suyos, que le sostuvieron cuando lloraba como un chiquillo. Al fin liberado tras un padecimiento extremo.

El luso llegó con una decena de segundos de renta al último kilómetro, pero no pudo levantar los brazos, preso de la fatiga, fagocitado por la voracidad del navarro.

Igor Arrieta, en el podio como vencedor de etapa.

Perseveró Arrieta, que se había salido en el descenso, y sometió a Eulálio en los últimos cien metros. Una victoria antológica la de Arrieta. La mejor de su vida. Nunca se rindió el navarro. Piel de campeón la suya.

Magnífica su lectura de carrera, emborronada la caligrafía y torcidos los renglones por el agua, el de Uharte Arakil, se alistó a una maravillosa aventura en la que escribió una página excelsa, de oro. Un triunfo para la memoria y la eternidad.

"No sé qué decir"

"No se qué decir. Estoy realmente feliz. Esta victoria significa mucho para mí. El Giro es especial para mí. Tenía que intentarlo hasta el final después la etapa tan dura que hemos hecho. Estaba completamente vacío pero él también. Los dos nos merecíamos la victoria pero al final es mía", acertó a decir Arrieta, colonizado por la emoción. Apenas le salía la voz al navarro, que bramó una victoria sensacional.

En ese día que era noche se iluminó la mejor versión de Arrieta, un sol. "He visto que él no podía ir mas rápido que yo y he seguido empujando. He venido para ayudar y aprovechar mis oportunidades. Ha sido el día perfecto. Quiero agradecerlos a mi familia, a mi novia, a mi entrenador", expuso Arrieta.

Giro de Italia


Quinta etapa

1. Igor Arrieta (UAE) 5h07:51

2. Afonso Eulálio (Bahrain) a 2’’

3. Thomas Silva (Astana) a 51’’

4. Lorenzo Milesi (Movistar) a 1:29

15. Markel Beloki (Education First) a 7:13


General

1. Afonso Eulálio (Bahrain) 21h23:43

2. Igor Arrieta (UAE) a 2:51

3. Cristian Scaroni (Astana) a 3:34

4. Andrea Raccagni (Soudal) a 3:39

14. Markel Beloki (Education First) a 6:22

La caída dejó a Igor Arrieta mascando derrota y bilis después de una exhibición de talento, pundonor y pujanza. El destino, que va por libre, le ofreció otra oportunidad. El portugués, que había tomado medio minuto de ventaja, se estrelló más adelante.

Se emparejaron de nuevo. Vis a vis en la subida final a Potenza. Se despojaron ambos de los chalecos. A pecho descubierto.

El sol se mostró con timidez. En una bajada, con la meta a poco más de un kilómetro, Arrieta equivocó la ruta al abrirse demasiado.

Todo parecía perdido hasta que emergió la fuerza, inagotable, del alma. Arrieta invocó a sus entrañas, al dolor, a la agonía para poder sobreponerse a todos los avatares para dibujar una obra de arte, un relato sobre la resistencia del ser humano incluso en el pero escenario posible. De todo se sobrepuso Arrieta.

Valiente Arrieta

La gloria es para los valientes. Temerario, irracional, audaz, loco maravilloso el navarro. Camina o revienta en el abismo del sufrimiento, en los límites, en un día de perros, afónicos los ladridos, repletos de pena y tos.

Supuraba el cielo, enrabietado, nubes ventrudas, preñadas, apedreando balas de agua camino de Potenza, a los pies de los Apeninos lucanos. Nublada la visión, anulada por la cortina de agua que desplegó su furioso telón. Se corría a tientas. En la oscuridad.

Al pelotón, repleto de modernos atletas, valientes sobre un trinchera de asfalto negro, solo les quedaba cobijarse y encogerse sobre si mismos con la única esperanza de que lo peor pasara lo antes posible.

Se precipitaba con cólera la tormenta, un diluvio sobre los ciclistas, acribillados, a la intemperie. Irrumpió la lluvia, el frío, las ropas de abrigo y los colores oscuros, el negro de luto de los chubasqueros que protegen a los ciclistas. Caballeros de tristes figuras.

Se reflejó el rosa del Giro en suelo acuoso, espejado, sinónimo de peligro, incertidumbre, desconsuelo bajo la metralla de agua. En ese paisaje tormentoso, el temporal de frío y lluvia azotando inclemente, se dibujaba un cuadro de William Turner, el pintor de tormentas que se ataba a los mástiles de los barcos para meterse en alma de la tempestad.

Valeroso, rodaba, Igor Arrieta, egregia la figura, en un fuga de 13 dorsales de alto valor (Eulálio, Narváez, Campenaerts, Turner, Rubio...) que en mayo pedía clemencia al invierno.

Llovía con saña bíblica, el granizo apedreando voluntades, convertida la carrera en un río salvaje que navegar con la miseria a cuestas. La borrasca zarandeaba las solapas del Giro, preso de la melancolía, con el invierno en las entrañas de la primavera.

Ataque del navarro

Un día infernal que hundió aún más el rostro en la desazón cuando elevó el mentón la Montagna Grande di Viggiano, un puerto de 9 kilómetros al 6,6% de desnivel que bajo esas condiciones crueles multiplicaba su dureza.

Se trataba de sobrevivir a los caprichos de la naturaleza. Igor Arrieta, excelso, se lanzó a la aventura. Dejó en el retrovisor a sus compañeros que se fueron quebrando, aislándose los unos de los otros.

Solo y al comando, el navarro, convencido, crecía. Más atrás, la persecución la arengaba la muchachada de Ciccone, el líder rosa vestido de negro, que perdió el sueño que persiguió durante una década en apenas jornada.

Arrieta no miró atrás. Decidió mandar en su hambre. Tenía apetito de gloria el de Uharte Arakil en una montaña que comenzaba a subirse con 17 grados y tiritaba hasta los 8 en la cumbre en ese tramo trecho de ascensión. Eulálio fue en su busca moviendo los pies con ligereza, alegre el paso.

El portugués, el chaleco abierto, a dos aguas, llegó hasta Igor Arrieta. Fue como un fado. Retorcieron los cuerpos al compás el navarro y el luso, que sostenían una renta de más de un minuto respecto a Silva, Milesi, Scaroni y Garofoli, y próxima a los dos minutos respecto a Ciccone en la corona de la montaña, donde el manto ceniciento de la niebla les recibía.

Dos siluetas fantasmagóricas iluminadas por las luciérnagas de las motos y los coches de carrera. Rostros sin marco los suyos, perfilados por el padecimiento, embocados por bosques empapados.

Vingegaard, arropado en el grupo, aprovechó para abrigarse sobre el cresterío, donde compartían misión Arrieta y Eulalio.

Dos hombres y un destino en una secuencia magnífica que representaba la capacidad de resiliencia del ser humano cuando es hostigado sin desmayo entre montañas.

Conmovedor el esfuerzo. Brutalismo. De entre las rocas del infierno, talló el navarro su mejor victoria. Inolvidable. Para siempre. Igor Arrieta alcanza la gloria en el Giro.