Entre los espacios urbanos más significativos de Sofía, capital de Bulgaria, se encuentra la Plaza de la Independencia, conocida como el Triángulo del Poder por la presencia de los edificios institucionales búlgaros, y la Plaza Garibaldi. El vínculo con Italia y el Giro. Vasos comunicantes.
En esa relación a distancia sobresalió la euforia de Paul Magnier en su segunda victoria en lo que va de carrera. Chapeau por él. Mientras el ciclismo gira el rostro con asombro cada vez que escucha el nombre de Paul Seixas, mesías francés, en el Giro se eleva Paul Magnier, otro joven galo con pose de ganador.
Magnier cerró la trilogía búlgara de la Corsa rosa agitando triunfante la ciclamino en Sofía. Se impuso Magnier con el golpe de riñón, que derribó al colosal Jonathan Milan. El italiano era la estampida de un búfalo. Lanzaba coces. Trituraba los pedales. A espasmos sobre la bici.
Capaz de alcanzar los 2.000 vatios de potencia, el cañonazo de Milan se encasquilló sobre el ligero adoquín. Perdió tracción el italiano. Derrapó la rueda trasera. Esa pérdida de velocidad le desajustó la inercia para poder imponerse.
Fue su perdición ante Magnier, que le cogió la rueda, a rebufo del carenado gigante de Milan, que trazó la última curva como en una carrera de Moto GP. Daba la impresión de que el brutalista Milan llegaría escapado.
El cambio de piso, del asfalto veloz y liso, al empedrado, rescató al velocista francés, que perseveró. Siguió creyendo. La fe mueve montañas.
Se necesita mucha para superar a Milan, que tenía aún algo de ventaja. Igualados unos pestañeos después, se citaron en la foto-finish. La orla de los esprints al límite.
En la ronda de reconocimiento, Magnier, 1,87 metros, alargó su cuerpo para someter a Milan, 1,94 metros, con el codo un poco encogido, y a Dylan Groenewegen, tercero en el baile de la velocidad. En el claqué fugaz.
El francés lanzó mejor la bicicleta, con más velocidad. Ese impulso le validó la segunda victoria en el Giro. Thomas Silva, el líder histórico, el uruguayo, celebró el final vestido de rosa.
Dormirá otra noche en el sueño. La vie en rose. En la otra orilla pena Arnaud de Lie, que debía estar en el esprint, pero su debilidad física por causas de una infección, le impide asomarse a ese escaparate.
Una mano amiga
En Borovets Pass, entre el verdor, los árboles y los ánimos, festoneado el puerto por la naturaleza más serena después de la atormentada víspera, sufría Arnaud de Lie, que se mantenía en precario equilibrio a cabezazos de orgullo.
El velocista belga enfermó por un extraño virus, luchaba por seguir en pie. Cerraba el grupo con la pena acuestas. Una saeta como compás.
Era la imagen de un paso de Semana Santa De Lie, al que auxiliaba el ánimo Victor Campenaerts, su amigo, que a pesar de ser uno de los coraceros de Vingegaard, rapeló para ayudar a De Lie.
Consciente de las dificultades de Arnaud de Lie, Campenaerts le cogió el botellín y se lo metió en el bolsillo del maillot para aligerar el padecimiento de su amigo. Le prestó sus piernas, su ternura, su aliento.
Excompañeros en el Lotto, Campenaerts, que demostró que la amistad atraviesa las fronteras que distinguen los maillots, cuidó de De Lie como si fueran hermanos de armas. Le serenó y le acarició con su presencia.
Liberó de peso a De Lie, que subía como podio. Incluso una mota de polvo apoyada sobre sus hombros podría hundirle. Lo elevó sobre los suyos.
El escaso contenido de un botellín era para él una tonelada de peso. En esta era de poses y egos desmedidos, de individualismo galopante, de insolidaridad y aislamiento, el gesto de Campenaerts fue un canto a la amistad, al consuelo. Nada como una mano amiga. El paraguas en la lluvia. El agua en el desierto. El abrazo en la aflicción.
Pulso con la fuga
De Lie, aunque apurado, cruzó el umbral de la montaña, bisagra del tercer episodio búlgaro, que reprodujo el patrón precedente. Sevilla, Tarozzi y Tonelli colgaban de la percha de la aventura ante un pelotón que pensaba en el día de traslado desde Bulgaria a Italia.
Espabilaron justo a tiempo las formaciones de los velocistas, siempre calculando, lo suficiente para embolsar a los fugados en el callejero de Sofía, la capital búlgara, que recibió al Giro en amplias avenidas. La persecución, emocionante, hasta los estertores.
Conmovedor el esfuerzo del trío, que mantenía el pulso frente a las columnas de las manadas de lobos, cuando a falta de 500 metros, se encendió el esprint. Emergió la gigantesca figura de Milan. El coloso en llamas.
Una locomotora humana humeante. Sobre raíles el italiano hasta que su velocidad, estratosférica, perdió control en el cambio de vía. Eso dio vida al francés, que brotó enérgico y floreció en Sofia. Magnier se crece.