Hacer más de dos preguntas en una conversación se considera interrogatorio. ¿Cómo puede el género de la entrevista superar ese límite? Para que exista diálogo (arte mayor de la civilización) se necesita elevar el cuestionario a categoría informativa creando un interés público. La entrevista de Jordi Évole, en LaSexta, a quien fuera Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, alcanzó ese punto, pero a costa de demasiadas preguntas y de poner en evidencia las carencias comunicativas del personaje, hombre bueno y con estampa de cuitado, sobrio y emocionalmente contenido.

La entrevista descubrió a la víctima de un doble castigo: del lawfare y del brujo de los bulos, Miguel Ángel Rodríguez, el mismo que mueve el circo de Ayuso. Antes de la emisión de la entrevista el director de un periódico de Madrid escribía: “García Ortiz buscará la absolución sentimental de la audiencia de Évole”, una profecía malévola e incumplida que da idea de la toxicidad acumulada por el neofranquismo. No, García Ortiz no salió bien parado, porque su exposición fue excesiva y no estaba preparado para tantas preguntas, a las que respondió sin brillo, y para tantos silencios, a los que tuvo que recurrir en su paradójica corrección institucional. La cámara captó su tristeza, incomodidad y acaso su resignación de que para cuando pueda ser rehabilitado a nadie le importará su inocencia. Se parece al caso de Dolores Vázquez, aquella mujer a quien en 2001 el populacho, un jurado piojoso y la telebasura condenaron por un asesinato que, después 519 días en la cárcel, se demostró no ser autora y que el Gobierno homenajea tardíamente pero no indemniza. ¿Quién la recuerda hoy si la mataron civilmente? ¿Quién se acordará de un fiscal honesto cuando Feijóo y Abascal gobiernen España en comandita?