Jesús Los Arcos "Las personas que te quieren de verdad se quedan en los buenos y en los malos momentos"

El pamplonés Jesús Los Arcos sufrió en 2017 un sarcoma de Ewing que le afectó a la pierna. Cinco años después, está recuperado y juega al baloncesto en silla de ruedas

13.01.2022 | 19:38
Jesús Los Arcos, con el balón en un partido de liga.

De un chapuzón en la piscina a un quirófano del hospital. Jesús Los Arcos (Pamplona, 28/11/1998) vivió esta situación en 2017. Este joven navarro –ahora estudiante de Medicina en Zaragoza– atravesó un calvario de varios meses provocado por un sarcoma en su pierna. Un dolor de verano, intenso e intermitente, que no se le dio nombre hasta pasados seis meses. Por el camino infinidad de pinchazos, calmantes e incógnitas. "¿Por qué nadie sabe qué me pasa en la pierna?", pensaba.

En febrero el sarcoma se dio a conocer, Ewing se llamaba. Los Arcos tuvo que apartar los estudios y su afición por el baloncesto. No obstante, junto a su familia y amigos y, gracias a su buen carácter, consiguió superarlo. Actualmente, disfruta del baloncesto en silla de ruedas y está realizando una recaudación para conseguir la suya propia.

¿De dónde te viene la afición al baloncesto?

–Fue algo que me inculcó mi padre. Desde que era crío veíamos los partidos en la televisión y me fue atrayendo. Con cinco años me apuntó a un equipo. Ha sido algo que ha ido creciendo dentro de mí, cada vez más.
¿En su familia hay alguien relacionado con el mundo del baloncesto?
–No tengo ningún familiar que haya sido jugador, pero mi padre fue árbitro durante muchos años. Cuando era pequeño iba a verlo arbitrar y de paso veía los partidos. Eso también ayudó a que yo mostrase más interés hacia el deporte.

¿Cuáles son sus primeros recuerdos de este deporte?

–Los partidos que veía en televisión y los que arbitraba mi padre. En esos años ya andaba con un balón en las manos, pero ni me acuerdo. Mis primeros recuerdos jugando son con ocho años, cuando ya empece con los partidos.

¿En qué equipos jugó?

–Al ser de Zizur, con cinco años me apuntaron al Ardoi. No llegué a jugar porque era muy pequeño. Entrenaba con ellos, me llegaron a dar la equipación e incluso estuve en la presentación del equipo. Con siete, ocho años me mudé a Burlada donde empecé la etapa benjamín y estuve jugando en el Burlada hasta que era infantil. Luego me cambié al San Cernin donde jugué hasta los diecisiete años. Tuve que dejarlo cuando me diagnosticaron el cáncer de la pierna. No obstante, hace tres años empecé a jugar en silla.

¿Cómo empezó el problema de la pierna?

–Fue un día cualquiera de verano, en 2016. Estaba en la piscina y en un gesto que hice empecé a notar un dolor bastante intenso en la pierna. Me fui a casa corriendo y preocupado. Sin embargo, hasta pasados unos días no volví a notar nada. Era un dolor intermitente, que iba y venía dependiendo de la semana. Estuve desde ese verano hasta febrero sin que me hiciesen pruebas, ni resonancias, ni TAC, ni nada. A raíz de que, en febrero, faltaba a clase y tampoco iba a entrenar, decidimos mirarlo bien porque ni mi familia ni yo nos creíamos que no tuviese nada. Me hicieron una resonancia en la que ya salió algo. Me derivaron a hacer una biopsia en donde, mediante una muestra de tejido, confirmaron que tenía un sarcoma de Ewing. Este tipo de cáncer requería de tratamiento quimioterápico y que me operasen la pierna para ponerme una prótesis.

¿Cuántas veces llegó a ir al médico antes de que le detectasen el sarcoma?

–No fui tantas como debería porque muchas veces ni me podía levantar de la cama. Nos decían que no me pasaba nada, pero mis padres no se lo creían. No entendían como a mí me dolía la pierna, pero en el médico no eran capaces de saber lo que me pasaba. Acabé yendo al ambulatorio en varias ocasiones para que me pinchasen lo que fuese y así aliviar el dolor. Era insoportable, aparte de que no podía ir a clase, ni a entrenar, ni tener vida.

¿Qué pensó en ese momento, cuando le confirmaron las peores noticias?

–Me encontraba en una burbuja aparte de todo el mundo. Pensaba: "Esto no puede estar pasando, no doy crédito". Mis padres y mi hermana estaban devastados. Lo viví como si fuese un mal sueño.

¿Cómo se sobrepuso a esa noticia?

–La gente me miraba muy sorprendida y me comentaba que lo estaba llevando genial. En ningún momento se me vio flaquear o poner malas caras. Lo llevé bastante bien para lo que le supone a un chaval de 18 años recibir esta noticia.

¿Cómo fueron los meses de terapia?

–El tumor requería, primero de quimioterapia y luego realizar una operación. El principio puede costar más. Por la quimio pierdes pelo, te ves distinto, pero cuando llega la operación es el golpe de realidad. Tenía que pasar por rehabilitación y aprender a andar de nuevo. Acostumbrarme poco a poco a la nueva realidad y cumplir todos los ciclos. Lo que más impresión me dio fue aprender a caminar de nuevo.

¿Su familia cómo se encontraba?

–Mis padres intentaron comportarse para que a mí no me pasase nada y que me encontrase bien. Algo lógico, viendo que yo solo tenía 18 años. Yo todo ese tiempo me veía con fuerzas. En mayo empezaron a darme la quimio. Me acuerdo un día de Sanfermines que tenía una sesión de quimio. Todavía no me habían operado, pero yo tenía muchas ganas de salir. Podía caminar más o menos bien y le comenté a mis padres si podía ir a Pamplona a ver los fuegos artificiales. Pensaron que estaba loco. No les parecía bien que fuese, no por nada, sino por el tratamiento y las cosas que me tenía que tomar. Aun así fui a Pamplona, en la estación de bus me tomé una bebida que tenía para no vomitar por la quimio y conseguí ver los fuegos artificiales.

¿Qué papel jugó el baloncesto en todo este proceso?

–Muchas semanas antes de que me detectasen el sarcoma estuve malo y no me podía levantar de la cama, pero había otras que sí, que estaba mejor. Iba a entrenar con el equipo, e incluso llegué a disputar, entre agosto y mayo, cuatro o cinco partidos. Cuando podía entrenar y jugar era lo mejor, cuando no, me minaba la moral. Recuerdo no poder ir a clase y hablar con la profesora para comentarle que me sentía mal al no tener ninguna actividad extraescolar que me pudiera sacar de esa situación. No podía soportar que me quitasen el deporte por una causa que desconocía. Al no saber que tenía, llegué a pensar que no iba a volver a jugar en mi vida. El deporte me daba libertad física y emocional.

A partir de mayo, una vez sumergido en el tratamiento, ¿cómo lo llevó?

–Ahí ya estaba más mentalizado. Como sabía lo que tenía, pensaba en superar el cáncer, que era lo importante. Pero sí que tenía mis momentos de recordar el baloncesto. Algunas veces me iba a echar unas canastas, despacio y a mi ritmo, incluso con algunos amigos. También seguía viendo partidos. El Eurobasket de 2017 me lo vi en el hospital.

¿Cómo fue aprender de nuevo a caminar?

–Lo complicado fue la operación y el mes de recuperación antes de que me volviesen a dar quimio. Fueron los meses más duros. Tener que combinar los tratamientos con tener que despegarme, poco a poco, de la silla para volver a caminar y coger fuerza. Fue muy complicado. Aun así conseguí salir.

Actualmente, estudia Medicina en Zaragoza, ¿qué le llevó a tomar esta decisión?

–Fue gracias a un compañero. Cuando me empezaron a tratar, conocí a un chico que, casualmente, también era de Burlada y tenía exactamente el mismo problema, pero en su caso era en el brazo. Nos operaron a la vez y teníamos el tratamiento al mismo tiempo. Él no lo toleraba tan bien como yo y con el tiempo le detectaron metástasis. Acabó falleciendo el mismo año que yo terminaba el tratamiento. En ese momento estaba haciendo el bachillerato de Ciencias de la Salud porque me gustaba la biología. Al ocurrirme este tema, sabía que las universidades públicas ofertaban plazas para personas con discapacidad. Un día tuve un chispazo y pensé en por qué no estudiaba Medicina. En parte porque me gustaba y en parte suponía un recuerdo de mi compañero de tratamiento. Lo quería hacer por mí, por él y por toda la gente que estaba pasando por esa situación.

Además, en Zaragoza tenía un equipo de baloncesto en silla de ruedas.

–Sí, sabiendo que la universidad pública contaba con un equipo, fue el sitio indicado para ir a estudiar Medicina.

¿En qué momento se acercó al baloncesto en silla de ruedas?

–Fue en el verano que acabé la quimio y me estaba recuperando. Conocí a un chaval de una asociación de personas discapacitadas de Pamplona que jugaba al baloncesto en silla en Vitoria. Me presentó el deporte y me invitó a jugar. Yo estaba encantado porque era la única relación con el deporte que iba a tener como jugador. Fui a probar, me gustó y empezamos a elaborar la idea de irme a Zaragoza, ya que en Pamplona no hay un equipo.

A día de hoy, ¿está completamente recuperado o tiene alguna secuela?

–Todavía me sigo sometiendo a pruebas (resonancias, Tacas y revisiones) de control. De momento, no han visto nada raro desde que pasé la última sesión de quimio hace cuatro años. Va todo bien y no tengo nada raro.

Echando la vista atrás, ¿con qué se queda de todo esto?

–La forma de valorar las cosas. El tiempo y las personas son cosas que tendemos a no valorarlo como deberíamos. La gente que de verdad te quiere se queda en los buenos y en los malos momentos. He estado encerrado entre cuatro paredes durante semanas y venía quien venía. Está muy bien que te manden mensajes y todo eso, pero la gente que se preocupaba de verdad se acercaba a verme, incluso cuando estaba en las peores condiciones. Había veces que estaba machacado y venía gente a verme y a darme cinco minutos, eso era algo valiosísimo.

Estos últimos meses está pidiendo fondos para una silla de ruedas para jugar.

–Así es. Esto surgió por mi cumpleaños, en noviembre. Volví a casa por el puente de la Constitución y mis padres me sugirieron empezar a hacer una recaudación para una silla. Para jugar en condiciones y seguir disfrutando de ese deporte. Me pareció una gran idea. En diciembre empezamos a recaudar fondos y nos está yendo muy bien.

De normal, ¿con qué silla juega?

–Con una que me deja el club. Todo el material que usamos es del club, pero tampoco cuentan con tantos recursos. Podemos ir tirando con eso, pero no hay mucho material y, como es lógico, está muy gastado por el uso.

¿Qué tiene de diferente esas sillas a unas normales de calle?

–Tampoco sé decir exactamente. Una persona que utilice las dos a menudo puede encontrar más diferencias. En principio, la distinción más grande está en las ruedas. Las de paseo están rectas y estas son más inclinadas para no volcar y girar con más comodidad. También llevan una defensa delante, una o dos ruedas traseras y sujeciones para pegar el cuerpo a la silla.

¿A través de que medios está recaudando el dinero?

–Mediante transferencias o Bizum. En un cartel puse mi IBAN para que la gente me pudiese mandar dinero, y luego muchos tienen mi número de teléfono.

¿Cuánto cuesta una silla para jugar al baloncesto?

–Varía mucho. Es como un coche. La básica cuesta cierto dinero, pero si lo quieres con extras va a ser más caro. La que yo quiero, con cosas que me parecería bien, está de precio en torno a los 5.000 euros, más que un coche de segunda mano. Parece un deporte de ricos, pero es lo que hay si quieres disfrutarlo.

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