Luis Requena, de 35 años y de origen venezolano, habla con crudeza de las dificultades del día a día en la gestión de los dos negocios que regenta desde hace tres años: un restaurante y una cafetería-pastelería en la zona de Lesaka. “Ya he tenido un mal trago con Hacienda y con la Seguridad Social que casi me lleva a la quiebra. Por un error administrativo me han sancionado y son multas desorbitadas. A los autónomos nos ven como un número, no como una persona que también necesita vivir”, relata.

Su trayectoria personal añade otra capa al relato: llegó desde Venezuela hace diez años y, aunque se siente ya plenamente navarro, dice que la realidad de ser autónomo le ha puesto a prueba. “Navarra me ha acogido muy bien. Yo vengo a trabajar y a montar un negocio con toda la ilusión del mundo, pero te lo ponen tan difícil que parece mejor ser un simple empleado. Parece que quieren que quebremos todos los autónomos y que vivamos no sé de qué”.

Una de las preocupaciones que más repite tiene que ver con la seguridad jurídica y económica de quienes emprenden: “Una de las claves de esta manifestación es proteger nuestros patrimonios personales, ya que son muy vulnerables. Por cualquier error administrativo nos embargan y eso nos dificulta mucho. Desde el minuto uno en el que un autónomo se da de alta, ya empezamos a pagar. Nos están desangrando y no tenemos ningún tipo de ayuda. Y, si va mal el negocio, en vez de ayudarte, te quitan lo que sea”.

Luis también señala el contraste entre derechos de los trabajadores por cuenta ajena y la falta de protección de quienes trabajan por cuenta propia: “La segunda reivindicación es el derecho al paro, a tener una baja maternal o por fallecimiento. No nos podemos permitir una baja porque quiebra el negocio. El resto de trabajadores tienen más derechos que los autónomos. No tenemos un salario mínimo y no se nos respeta nada”.

“Me deslomo trabajando y ni aún así llego a fin de mes”

Sonia Zangróniz y Diana Ayensa. Diario de Noticias

Desde hace 25 años, Sonia Zangróniz levanta cada mañana la persiana de su salón de belleza en Tudela. Es autónoma y trabaja sola. “No puedo contratar a nadie. Los impuestos y las cotizaciones que hay que pagar son abusivos. Me deslomo trabajando y, aun así, no llego a final de mes”, lamenta.

A sus 52 años, la preocupación ya no es solo el presente, sino el futuro. “Me quedan diez, doce o quince años de trabajo y pienso que voy a llegar hecha polvo y con una pensión mínima. Ves lo que has cotizado y se te cae el alma a los pies”.

Como muchos pequeños autónomos, asegura vivir en un equilibrio constante entre facturar o caer. “Si cierro, no ingreso. Y si no ingreso, estoy muerta”, resume con crudeza. Sonia reclama una equiparación real con los trabajadores por cuenta ajena: “Pedimos ser iguales que un asalariado. Que si me rompo un dedo trabajando no me arruine. No tenemos paro de verdad. Es una vergüenza”.

La imposibilidad de detener la actividad sin que el negocio se resienta le obliga, dice, a acudir a trabajar incluso enferma. “No podemos ponernos malos. Vamos con fiebre, con dolores, con lo que sea. Tenemos el cuerpo siempre en alerta porque sabemos que si paramos, perdemos”. Su reivindicación es sencilla: “Queremos tener derecho a enfermarnos como todo el mundo. No creo que estemos pidiendo tanto”.

Diana Ayensa, de Cintruénigo, tiene una agencia de viajes junto a otras dos socias y pone un claro ejemplo. “Mi compañera se rompió el año pasado la pierna en un accidente de moto y tuvo que ir a trabajar con la pierna rota”.