Pasan las horas y aquí seguimos, intentando asimilar el espectáculo del desenlace de la Copa de África, el Marruecos-Senegal. Todo lo que no debe ocurrir en una final ocurrió: un arbitraje que fue mutando de casero en atraco a mano armada; la selección perjudicada amagando con retirarse; violencia en las gradas; periodistas locales haciendo imposible la rueda de prensa del míster campeón; y, como guinda, el vídeo de los recogepelotas agrediendo una y otra vez al portero suplente de Senegal para robarle la toalla al guardameta titular. Dicen que semejante show mejora las opciones de España de acoger la final del Mundial que coorganizará con Portugal y Marruecos, pero nos parece irrelevante, porque la cuestión es otra: una gran cita no puede jugarse sin unas normas mínimas de deportividad. La FIFA anuncia castigos. A ver si no va sólo a lo fácil, que sería sancionar a Senegal por su espantada, y se fija en tan impresentable anfitrión.