En la mayoría de los deportes hay un escenario al que se denomina La Catedral. El motociclismo también lo tiene. Es Assen, Holanda, el GP más longevo y el que se celebra cada año sin interrupción desde que empezó el Mundial de Motociclismo. Aunque en muy poco se parece ya a aquel en el que se corría por entonces, entre casas, setos y bordillos. Pero sigue teniendo un sabor especial, muy auténtico, europeo, norteño, alejado de los mega modernos circuitos en los que se corre actualmente. Aunque por primera vez y rompiendo una tradición, este año se corrió en domingo, en vez de en sábado, volvió a ser una carrera para recordar. Como en toda liturgia que se celebra en una catedral, apareció el agua bendita, esa que esperan los pilotos que rellenan la parrilla de la tercera fila para atrás con la esperanza de poder apostar todo a una carta, sabedores que no habrá muchas más oportunidades en un año. Y la liturgia mutó en auténtica tragedia en dos actos. En ella fueron apareciendo estos pilotos arriesgando todo lo que tienen intentando aprovechar su oportunidad: el colombiano Hernández ( del que me declaro un gran fan), Petrucci, Redding, Miller... Todos arriesgando al 120% con motos satélite muy inferiores en rendimiento y desarrollo a las oficiales. Y entre los peces gordos, carrera de supervivencia. Unos como Lorenzo decidieron que no era el día y se limitaron a dar vuelticas hasta pasar la bandera encima de la moto. Otros, se la jugaron (es de agradecer, Rossi) y a punto estuvieron de lograrlo. Y algunos entremedias como Marc, se llevaron tajada. Pero solo un modesto podía triunfar. Y el mejor bajo la cortina de agua, y el que más fortuna tuvo fue el canguro Miller, una apuesta arriesgada de Honda que le subió de Moto3 a GP directamente sin ni siquiera ganar el mundial de la categoría pequeña. Que lo disfrute. No le veremos muchas más veces adelante excepto, si de nuevo, aparece una carrera bajo el diluvio. Entonces él y los otros modestos volverán a afilar las deslizaderas en busca de gloria. Se lo merecen.
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