El frío gélido de este 5 de enero de 2026 no impidió que el Bajo Manhattan se convirtiera en el epicentro de un sismo geopolítico sin precedentes. Pasado el mediodía, en la sala del Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, ocurrió lo que hace apenas una semana parecía una quimera: Nicolás Maduro Moros, el hombre que dirigió Venezuela durante trece años, se presentó ante un juez estadounidense, no como jefe de Estado, sino como acusado del expediente S4 11 Cr. 205.
Vestido con ropa civil y custodiado por un contingente de agentes de la DEA y el FBI, Maduro entró en la sala entre la incredulidad y la altivez residual. A su lado, su esposa Cilia Flores, también bajo custodia, compartía el banquillo de los acusados. La imagen de ambos, trasladados bajo un operativo de seguridad que cerró varias manzanas de la ciudad, es ya el icono definitivo de la “Operación Resolución Absoluta”, la incursión militar que los capturó en Caracas este pasado sábado 3 de enero.
Durante la audiencia de lectura de cargos, que duró poco menos de una hora, Maduro escuchó a través de un intérprete las acusaciones que pesan en su contra: conspiración por narcoterrorismo, importación de cocaína y posesión de armas de guerra.
“Soy inocente. Soy un hombre decente y el presidente constitucional de mi país”, declaró Maduro con voz firme pero cansada ante el juez, antes de declararse oficialmente “no culpable”.
Junto a él, aunque con un asiento de separación entre ambos, la mujer de Maduro, la primera dama Cilia Flores, no titubeó al declararse también “no culpable, completamente inocente” de sus cargos vinculados a presuntas operaciones de apoyo logístico y financiero a la misma red de narcotráfico que se atribuye a su cónyuge.
Vinculación con el Cartel de los Soles
El caso presentado por la fiscalía neoyorquina no es nuevo, pero sí contundente. Se basa en una investigación de más de cinco años que vincula a la cúpula del poder venezolano con el llamado Cartel de los Soles, acusando a Maduro de haber negociado toneladas de cocaína con las FARC para “inundar” EE.UU. de droga como un arma política; del uso y posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos para proteger las rutas de envío; y de corrupción sistémica mediante el uso de las instituciones del Estado (PDVSA, el Banco Central y las Fuerzas Armadas) para el lavado de dinero y la logística criminal.
El abogado defensor, Barry Pollack –conocido por representar a figuras de alto perfil como Julian Assange–, cuestionó la legalidad de la captura, calificándola de “secuestro internacional” y violación flagrante de la soberanía venezolana, al tiempo que indicó que “en este momento” no solicitarán la libertad condicional.
El abogado de Maduro informó al juez de que tiene “algunos problemas de salud que requerirán atención”, mientras que el de Flores denunció que sufrió “lesiones importantes durante su secuestro”, tras lo cual ambos fueron de nuevo trasladados al Centro de Detención Metropolitana (MDC) de Brooklyn.
Un mundo dividido
Mientras el tribunal leía los cargos, las calles de Nueva York hervían. A un lado de la barrera policial, cientos de venezolanos celebraban con banderas y consignas de “Libertad”; al otro, manifestantes denunciaban el “imperialismo” de la Administración Trump, que ha reclamado “acceso total” a los recursos venezolanos tras el vacío de poder.
A nivel internacional, la fractura es total. China e Irán condenaron la operación, calificándola de “violación del derecho internacional”, mientras Argentina solicitó formalmente la extradición de Maduro una vez concluya el proceso en EE.UU., para que responda por crímenes de lesa humanidad.
Venezuela, por su parte, se ve sumida en una completa incertidumbre, con Delcy Rodríguez intentando una “agenda de cooperación” de emergencia mientras el país asimila el fin de una era.
Este juicio, que se prevé largo y complejo que podría durar meses –si no años–, no es solo un juicio penal; es el examen final a una era de confrontación ideológica que ha dejado a Venezuela en ruinas. En las paredes del tribunal de Manhattan, el eco de las palabras de Maduro –”Soy un hombre decente”– choca con el peso de páginas de evidencia que narran una historia muy distinta.