Colombia se halla ante una encrucijada este 21 de junio. Los resultados obtenidos en la primera vuelta de sus elecciones presidenciales obligan a una segunda ronda en la que el electorado del país tendrá que decidir entre dos visiones radicalmente diferentes. Una elección en segunda vuelta decidirá si Colombia continúa la senda emprendida por las políticas de izquierdas de Petro en la legislatura que finaliza, o bien gira hacia la derecha radical populista, que de esta forma sumaría otro país latinoamericano más a su lista de recientes victorias. Es decir, continuar con el progresismo de izquierda del Pacto Histórico que inició la victoria de Gustavo Petro en 2022 o dar un volantazo hacia el lado opuesto, hacia la nueva extrema derecha que se extiende por todo el continente. Las dos Colombias frente a frente, polarizadas al extremo.

Para muchos observadores, estas elecciones son un verdadero referéndum del gobierno del presidente saliente, Gustavo Petro. El antiguo guerrillero del M-19, en 2022 logró mediante una alianza de izquierdas alcanzar la presidencia y formar de este modo el primer gobierno progresista del país. El Pacto Histórico, nombre de la alianza, unió a movimientos históricos como la Unión Patriótica, el Partido Comunista de Colombia o los movimientos indígenas. Su apuesta por políticas progresistas, de nacionalización de sectores económicos y, sobre todo, por el diálogo para acabar con la endémica violencia guerrillera, parecen no haber logrado el apoyo de la ciudadanía. Su figura habría perdido el brillo con el que llegó al poder, por lo que su relevo parecía inevitable.

Sin embargo, ahí es donde surgió la figura de Iván Cepeda, un histórico militante de la izquierda colombiana. Hijo de un dirigente del Partido Comunista de Colombia y de una famosa activista por los derechos humanos, el candidato izquierdista recorrió desde pequeño el itinerario vital y formativo de todo buen marxista-leninista; pasando desde Cuba a la antigua Checoslovaquia comunista en sus años de infancia y juventud. Pero fue el asesinato de su padre, en 1994, dentro de la ola de asesinatos de miembros de la Unión Patriótica a manos de la extrema derecha y elementos paramilitares del Estado, lo que significó su bautismo político. Aquel mismo día, al lado del cadáver de su padre tiroteado en su coche, un veinteañero Iván Cepeda se haría famoso ante las cámaras clamando justicia por el asesinato de su padre. Desde entonces su actividad política se ha dirigido hacia la defensa de las víctimas de la violencia del Estado y de los derechos de las minorías del país; al mismo tiempo que a la denuncia de la corrupción del Estado, llegando a poner en aprietos en los juzgados al mismísimo expresidente Uribe.

A pesar de ser una conocida figura desde hace décadas y de haber protagonizado recientes momentos estelares de la política colombiana, como el mencionado juicio a Uribe, Cepeda ha sido incapaz de lograr ser el más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Convertido en la actual referencia de la izquierda más alejada del centro, el logro del 40 por ciento de los votos ha resultado todo un fracaso, ya que su principal oponente político, Abelardo de la Espriella, el vencedor de la primea vuelta, logró un 43 por ciento de los votos en su bautismo electoral. Victoria más relevante para un candidato conocido sobre todo por su carrera de abogado y empresario que por su trayectoria pública.

Abelardo de la Espriella fue el vencedor de la primera vuelta electoral. EP

El candidato ajeno a la política

Ahí quizás se encuentra el gran atractivo de Espriella, ser un auténtico outsider. Siguiendo la narrativa usual de los candidatos de la derecha radical populista, Espriella se presenta como alguien ajeno a la política. Si Cepeda es un veterano de la extrema izquierda colombiana, bregado en mil batallas, con una carrera política muy extensa, Espriella vende lo contrario. Su faceta de empresario de éxito y abogado de clientes mediáticos lo distancia de la casta política, su verdadero enemigo según él. Siguiendo la estela de los Bukele, Milei y compañía, Espriella se muestra a sí mismo como un emprendedor que trata de arrebatar el país de las manos de una clase política incapaz de lograr el despegue económico y, sobre todo, de lograr el fin de la violencia política que lleva desangrando Colombia desde hace décadas.

No nos engañemos. Colombia no solo busca salir de una economía estancada, que es incapaz de despegar de una vez por todas. La gran cuestión política del país, el problema sin resolver desde principios del siglo pasado, es la violencia política que lastra la historia colombiana. Una violencia política alimentada por el endémico narcotráfico que no solo contamina la economía colombiana, sino que además paraliza la vida política. Por ello, la posición ante la violencia puede convertirse quizás en uno de los elementos claves de la segunda vuelta, esto es, la clave de las elecciones presidenciales tal vez se halle en elegir entre la mano dura o el diálogo con los violentos.

El poder de los grupos armados

Históricamente la violencia guerrillera ha supuesto un lastre para el país al resultar el Estado incapaz de enfrentarse con éxito a los grupos armados en las zonas más inaccesibles del país, al mismo tiempo que se mostraba totalmente inoperante para integrar esas regiones apartadas tanto económica como políticamente. Las dos grandes estructuras guerrilleras tradicionales se repartían el poder de extensa franjas de territorio, con unos paramilitares de extrema derecha enfrente que también dominaban amplias áreas del país. Frente a los grupos armados de uno y otro signo, un ejército que no imponía la ley del Estado. Todo ello financiado por el narcotráfico, eficaz lubricante para mantener y desarrollar estructuras armadas de todo signo. Verdadera gasolina para un incendio que ya era lo suficientemente grande antes de que la cocaína y el narcotráfico endureciesen e hiciesen más complejo el problema. No hay que olvidar que Colombia es el principal productor de cocaína del mundo, al mismo tiempo que tiene muy cerca a su principal mercado, el norteamericano.

La esperanza surgió en 2016 cuando las FARC, el principal grupo guerrillero colombiano, anunció su desmovilización y pidió a sus militantes que se integraran en la vida civil del país, dejando atrás la violencia política. Las FARC, que años antes habían estado muy cerca de poner en jaque al Estado, con su enorme capacidad militar y su gran progresión y crecimiento, tomaron la senda de la paz dando esperanza a una Colombia bañada en sangre. Para los más optimistas esta desmovilización marcó el camino para que el otro gran grupo guerrillero, el ELN emprendiera el camino de la negociación con el Estado. Para entonces, los paramilitares de derechas, las Autodefensas Unidad de Colombia, ya se habían desmovilizado. Por primera vez, pintaba un futuro esperanzador para Colombia.

Pero de la posible paz total, surgió la guerra total. El primer fracaso provino de las propias FARC. Si es verdad que la mayoría de los efectivos se desmovilizaron, algunos de sus frentes decidieron continuar en el terreno y no abandonar bajo ningún concepto las armas. Desarticulada la estructura principal del grupo, surgieron múltiples frentes que empezaron a actuar de manera independiente. Mucho más autónomos y menos predecibles, a la vez que menos permeables a las actividades de seguridad y respuesta del ejército. Estas columnas guerrilleras independientes formaron alianzas entre ellas, pero también llegaron a luchar entre sí por el control territorial, intensificando la violencia en muchas partes del país.

La principal de estas estructuras guerrilleras herederas de las FARC, el Estado Mayor Central, liderado por el guerrillero Iván Mordisco, enfrentada al Estado de Bloques, comandada por el caudillo guerrillero Calarcá, recientemente se han enfrentado entre sí dejando más de cincuenta muertos en una de las mayores refriegas entre grupos guerrilleros de los últimos años. Al mismo tiempo, otros grupos y frentes independientes se enfrentan a nuevos grupos de paramilitares de derecha y, mientras tanto, el ELN aprovecha la coyuntura para hacerse con más territorio y colocar sus bases en la frontera venezolana.

Pero más que la cuestión ideológica, es la cuestión económica la que ha propiciado la fragmentación de las estructuras violentas del país. El negocio del narcotráfico, la minería ilegal e, incluso, la trata de personas se ha convertido en un negocio más lucrativo de lo que fueron antes, en el momento en el que las FARC desapareció como grupo guerrillero. Su cuota de mercado y su influencia sobre la circulación de cocaína y de oro es disputada ahora por actores más pequeños, más autónomos e independientes y, por tanto, más difíciles de erradicar por parte del Estado. La violencia no cesa y los distintos intentos para lograr la paz a través del diálogo han resultado uno de los mayores fracasos de la política del gobierno de Petro.

Por ello, ahí se encuentra la principal baza de Espriella. Su política de mano dura contra guerrilleros y narcotraficantes, sin duda alguna, ha sido clave para sus muy buenos resultados. No hay que olvidar el fenómeno Bukele, cuya militarización de la cuestión de las maras lo ha llevado a sus apabullantes victorias electorales. Espriella ha visto clara la oportunidad para Colombia. Y más, cuando Cepeda, se encuentra en el espectro ideológico de los guerrilleros y aboga abiertamente por continuar con el diálogo para lograr la desmovilización de estos.

Espriella ya habla incluso de la creación de macro cárceles en el país y de aumentar los efectivos del ejército y de la policía, viendo en la militarización y la guerra abierta contra la guerrilla y el narco como la única solución al problema de la violencia en Colombia. Habla incluso de bombardear zonas de la selva donde estén estos grupos. Un mensaje claro para una ciudadanía frustrada por un proceso de paz que les prometía una nueva era de seguridad y que se ha transformado en un escenario en el que la violencia no solo parece aumentar, sino incluso resulta más difícil de atajar.

Por tanto, Colombia se halla en una encrucijada entre varios extremos. Por un lado, el legado de Petro y las políticas de extrema izquierda de un antiguo comunista como Cepeda, con el diálogo como único camino para la superación de la violencia endémica del país. Por el otro lado, Espriella, el Trump colombiano, con un mensaje de mano dura por parte del Estado y un mensaje radical de reforma en lo económico. Aunque parece ser que será la violencia la que marque el futuro de la elección.

Al mismo tiempo, la violencia del narco, las guerrillas y los paramilitares de derecha, en una especie de totum revolutum, mezclados en una combinación más compleja y difícil de atajar que antaño, continúan condicionando el futuro del país. Y, por desgracia, la violencia volverá a ser el elemento clave de estas elecciones. Una violencia incapaz de ser superada y más endémica en un país lastrado por décadas de muerte e injusticia. Colombia parece incapaz de superar su historia reciente, rehén de la violencia y de los extremos que polariza ésta. Veremos este 21 de junio cuál es el siguiente episodio de este drama.