Teoría del expresionismo
Si el expresionismo suele ser entendido como "la deformación de la realidad para expresar de forma más subjetiva la naturaleza y el ser humano, dando primacía a la expresión de los sentimientos más que a la descripción objetiva de la realidad", hay que convenir en que este movimiento se está haciendo un hueco en el terreno del arte en el Valle de Baztan. Frente al hastío que provocan las pancartas con lemas archisabidos y las desabridas pintadas caigan donde caigan, el expresionismo se abre paso en Elizondo, aún de una forma anónima y tímida, todavía lejos de las galerías y circuitos oficiales pero muy viva y activa, y hasta incorporando a los habituales sentidos de la visión y el tacto uno nuevo, el del olfato y aunque es difícil que logre adeptos y practicantes otro más, el del gusto.
En el Valle de Baztan, donde para algunas cosas hemos sabido ser adelantados del progreso, la red de agua a las casas, el servicio de alumbrado público y privado, la supresión de las fronteras incluso antes del invento de la Unión Europea y puede que hasta algún otro, no podíamos permanecer al margen de los modernos movimientos artísticos y ya están surgiendo gentes decididamente dispuestas a seguirlos y a practicarlos. Y al menos en dos casos de los que se tiene constancia, con un ingenio que no riñe con la sencillez de la ejecución y de los materiales.
Adelantándose al plebiscito que lo mismo nos cae en suerte de igual forma que nos fue escamoteado, los adalides del expresionismo baztandarra se aplican a la actualización de los símbolos oficiales y con un par de brochazos explican sus sentimientos haciendo uso de la "deformación de la (impuesta) realidad" que define a su corriente artística. Su arte pasa desapercibido para muchos, pero se ha ganado los plácemes de bastantes otros y un txalo (aplauso) por su aguda y sutil forma de extrapolarlo a cualquier época y espacio geográfico, otra característica del expresionismo por cierto.
En este caso, la República se instala en Baztan, al menos en su simbología, de igual manera que se piensa en que esos colores debieron lucir en algún tiempo aquí, y en la Casa Consistorial contando como se contaba con un alcalde seguidor confeso. ¿Y de aquella bandera que debió ondear, qué habría sido? ¿Rasgada su tela y quemada como 75 años después amenaza hacer ese seudo clérigo yanqui de armas tomar (y lucir en su mano) o alguien logró salvar un retal inumiso? Ni se sabe. Y no muy lejos, unos cien metros atrás, otra muestra de expresividad artística, ésta en maloliente cagarro en protesta por la política sionista en Palestina, también con una utilización minimalista de los materiales y primando el sentimiento.
Una caca de perro callejero se convierte en grito (tufo) de queja y disconformidad, sin más que añadir un mástil y una hojita del tamaño del papel de fumar con ocho líneas del color adecuado y bien expresivo. "La imaginación al poder" se gritaba hace 40 años en el París del 68, y se instaba ("Sed realistas; pedid lo imposible") a imponerse a lo establecido, bien que con escaso éxito como se sabe. Y en Baztan y en Elizondo, visto (y olfateado) lo visto, se aplaude el poder de la imaginación aunque la exigencia siga imposible.