En una noche aún cercana, probablemente turbia y borrascosa de alcohol, un insurrecto (o más) que nunca ha pensado que podía dirigir su energía a causas más nobles, no tuvo mejor idea que la de romper un árbol aún joven, troncharlo y dejarlo encorvado sobre sí mismo, abandonado con las tripas al aire. Está en la plaza de los Fueros, en Elizondo, donde estaba destinado a ser barrera de protección natural frente a la carretera, a resguardar del sol del verano y aminorar el ruido del tráfico, a ser, en definitiva, amigo y compañero en un recinto pensado para esa labor, para la relación humana precisamente.

El doctor Marañón solía decir que una de sus "más hondas preocupaciones nacionales" era el árbol, en general", no uno determinado y concreto sino todos. Y le preocupaba, no tanto el odio al árbol como lo que entendía "algo peor que el odio, el desconocimiento y el desprecio", el desprecio que afirmaba que es más que un error, un pecado.

Cuando niños hacíamos verdaderos chandríos con los árboles, ejemplo los cerezos que Elbetegarai arriba había (y hoy no hay) en cantidad, como el abundante y generoso fruto que regalaban, que capaces éramos de desgajar una rama para arramblar con las cerezas más cómodamente, pero a cierta edad no se comprende. En un niño, irreflexivo, inocente del daño que es capaz de ocasionar, aún se puede aceptar pero en un adolescente, en un adulto...

Ahora ya no tanto, aunque persisten excepciones elogiables en algunos centros escolares, pero también en un tiempo el Día del Árbol no faltaba en el calendario, se recuerda en coincidencia con Orakunde, el Jueves Gordo, cuando la plantación de árboles era uno de los actos que nunca faltaban en el programa. Uno tiene su árbol, un vulgar pero hermoso y recio plátano, allí en Fuente Hermosa, algo antes del barrio de Berro, que plantó con ayuda de su amiga Ana Mari, que era la alcaldesa, y de vez en cuando va a visitarlo, a saludarlo, qué tal estás, y a recordar el tiempo tan feliz. (Que no volverá).

Sin embargo, como hay gente para todo, un alguien brutal decidió desgajar y cargarse un magnolio que llevaba apenas quince días en la plaza para ser amigo y obsequiarnos su sombra en verano, y sus hermosas flores blancas un poco antes, al final de la primavera. Lo de menos es el precio que costó, que también, y el trabajo que hizo un hombre con todo su saber y cuidado para ponerlo en pie. Y no se merecía esto.

Gregorio Marañón decía también que "los hombres criados a la sombra de los árboles, tienen que ser más comprensivos, más dúctiles, más generosos que los que, aún siendo de condición excelente, reciben sobre su cabeza los rigores del cielo, a plomo, sin la sutil celosía de las hojas". A veces, más de las que le gustaría, uno no está tan seguro de que sea así.