hoy sábado, el premio al Estellés, en este caso Estellesa del año, nos hace pensar de algún modo en el carácter comercial de nuestra ciudad. La Vieja Lizarra pasó a ser un lugar importante ya en la Edad Media merced a la actividad de aquellos artesanos y mercaderes de antaño. Con el paso de los siglos se fue configurando como un punto de atracción para los merindanos, que solían hacer aquí sus compras, dando así mucha vida a las tiendas de Estella.

Quizás hubo una época en la que los comerciantes representaban una clase social acomodada y creo que todavía pervive en el imaginario colectivo esa percepción de ellos. Sin embargo, en la actualidad el ser comerciante quizás más que un negocio sea una forma de autoempleo. La reducción de los márgenes de beneficio, los numerosos costes que se afrontan, la cada vez más complicada competencia, las largas jornadas y la incertidumbre hacen que casi se haya convertido en una vocación o en una lucha por la supervivencia.

Pero en cualquier caso, ser una ciudad comercial es algo importante para Estella. No sólo por los muchos empleos que se crean y mantienen y por la actividad económica que se genera. También porque el comercio supone movimiento y relación social, además de calidad de vida, al ofrecer productos y servicios variados, de una forma cercana, profesional y personalizada.

¿Cómo sería Estella sin sus tiendas y establecimientos de muchos tipos? Probablemente daría una imagen triste y desangelada, carente de luz y muy poco atractiva. El comercio es una actividad humana que supone un verdadero activo para las ciudades y sus gentes. Hay que exigirle modernidad, especialización, incluso imaginación, y una buena relación calidad-precio. Pero también debemos valorarlo como se merece.