excursión escolar. Un autobús recoge frente al colegio a dos clases de tercero de Infantil. Son unos 40 críos y crías de entre cinco y seis años. Recorren el tramo de acera de unos veinte metros que separa la puerta del centro y el autobús de dos en dos, cogidos de la mano. Algunos dan pequeños saltos, incapaces de controlar los nervios. Otras sonríen con la intensidad con la que solo puede sonreír una cría de seis años emocionada, dejando ver teclados de piano en los que se alternan dientes y huecos. Todos y todas miran continuamente a izquierda y derecha. A los lados tienen un montón de padres y madres que han ido a despedirlos. Una madre saca fotos con el teléfono móvil. Un padre lanza besos. Un padre y una madre gritan el nombre de su hija y le saludan con la mano. La escena recuerda a la llegada de los autobuses de los equipos de fútbol a los estadios. Parapetado tras el parabrisas, el conductor del autobús asiste atónito al espectáculo. "Esto es la leche", le comenta a la profesora que ayuda a subir a la chavalería al autobús. "¿Por qué?", le pregunta ella. "Hay más padres que críos", explica él. "¿Y?", vuelve a inquirir ella. "Que no es normal", insiste él. "¿Pues?", vuelve a pedir explicaciones ella. "Pues porque no se van a la guerra, ni a un campamento de 15 días. Es una excursión de dos horas. Van a volver a comer al colegio", subraya él. "Ya", concede lacónica ella. "No se si me explico. Quiero decir que los están malcriando. En mis tiempos, nadie venía a despedirnos cuando nos íbamos de excursión. Como mucho alguna madre ama de casa. Y ahora mira la que montan por una puñetera salida de dos horas. Les conceden todos los caprichos. Están todo el rato encima de ellos. Los sobreprotegen. Míralos. ¿No tienen otra cosa que hacer?", se explaya él. "No. La inmensa mayoría de padres y madres que ves aquí están en el paro", aclara ella.
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