PAMPLONA - Después de la procesión que tiene lugar cada Jueves Santo, la de esta semana “la más multitudinaria de todos los años”, según Juan Miguel Arriazu, el prior de la Hermandad de la Pasión del Señor, llegó a las calles de Pamplona el clímax de los actos de Semana Santa: la Procesión del Santo Entierro, acto en el que participan unos 2.500 hermanos de los casi 5.000 que la preparan y forman parte de esta cofradía. Sus 11 pasos más La Dolorosa, de propiedad municipal y de cuyo desfile se encarga la Hermandad Paz y Caridad, recorrieron la tarde del viernes las calles de la capital navarra con puntualidad y sin incidentes, sumergidos en el ambiente característico de la procesión pamplonesa: “austeridad, silencio y recogimiento”, subrayó Arriazu.

El acto comenzó a las 19.30 horas desde la sede de la hermandad, ubicada en el número 13 de Dormitalería. Pero desde varios minutos antes el primer paso, La Entrada en Jerusalén, ya esperaba en la calle, donde se concentraban cientos de curiosos llegados no solo de Pamplona, sino de otros puntos de la Comarca y del resto del Estado. En el interior de la cofradía, el arzobispo de Pamplona, Francisco Pérez, celebró un pequeño oficio que concluyó con el rezo un Padre Nuestro. Entonces, los primeros de la fila empezaron a desfilar por el Casco Viejo ante la silenciosa mirada de los presentes. Le siguió una comitiva formada por otras 2.500 personas, de las que 470 eran porteadores y, el resto, mozorros, romanos y pastores. El Cristo Alzado y La Dolorosa se incorporaron a la procesión desde la catedral.

La procesión de Pamplona- en la que la ausencia de amenaza de lluvias de este año favoreció a que aumentara la concurrencia respecto a otras ediciones- destaca, según Juan Miguel Arriazu, por su “austeridad, silencio, religiosidad y recogimiento”. Pero estas características, comentó el prior de la Pasión del Señor, vienen dadas por la “tradición, y no el carácter del norte que le atribuyen muchos”.

LA ESPERA Una fuerte tradición que queda patente mirando entre los parentescos de los miembros de la hermandad. “Mi padre me transmitió el tema de la hermandad y yo lo hecho con mis hijos; empecé con las velas y como romano”, comentó, minutos antes de salir en procesión, Fernando Astráin, de 59 años. Este pamplonés, que lleva unos 40 años en la cofradía, estaba acompañado por su hijo Fermín; ambos porteadores del octavo paso, La Caída.

También por familia se estrenaron los primos Álex Kaiser, Fermín y Félix Sagüés, de 22, 21 y 24 años respectivamente. El primero de ellos explicó que, poco antes de salir, estaban “muy nerviosos” y que decidieron cargar con El Sepulcro en homenaje a un tío fallecido recientemente y que durante unos cinco años fue costalero de este paso, uno de los que más caras nuevas vio este año, como la de Jaime Arriazu, de 27 años. “Siempre estaba fuera en Semana Santa y este año le ha tocado”, comentó su hermano pequeño, Fermín, de 22 años, que lleva cuatro como porteador. Aunque el mayor de los Arriazu aseguró no haberle pedido consejos al segundo, éste sí comentó que “lo peor es el día de después. Se disfruta mucho cuando, durante la procesión, vamos todos a la vez porque casi no se lleva peso. Pero mañana -por ayer- estaremos fastidiados del hombro y las piernas, porque somos demasiado altos”, explicó Fermín; tanto él como su hermano rondan el 1,90 metro de altura.

Pero entre todos los porteadores se vio a alguna mujer. Apenas una decena de los casi 500 que hay. “Cada vez hay más. Tradicionalmente no han llevado pasos, pero poco a poco van entrando, al ritmo que ellas eligen”, señaló el prior. Una de ellas fue Gema Zabalza, pamplonesa de 40 años. “Se hace bastante duro, sobre todo por los moratones que nos saldrán luego”, bromeó poco antes de salir con La Flagelación, por cuarto año. Llegó, como muchos otros, a ser porteadora después de pasar varios años como mozorra.

LA DOLOROSA El último de los pasos es el único de propiedad municipal y del que no se encarga la Hermandad de la Pasión, sino la de Paz y Caridad, que tiene 262 años de historia documentada. La conforman unos 150 hermanos, de los cuales 70 son porteadores y otra treintena de personas los acompañan. Su historia se remonta a 1753: “Éramos los encargados de acompañar a los presos que iban a ser ajusticiados y, después, de darles sepultura. El último fue en 1959”, relató el portavoz de procesiones, Patxi Colas.