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Leitza en miniatura

Teodoro Galindo realiza en su tiempo libre maquetas de edificios singulares del pueblo a las que no les falta detalleSu estrella es la casa de la protagonista del filme ‘Ocho apellidos vascos’

Leitza en miniaturaNEREA MAZKIARAN

leitza - Después de más de cuatro décadas trabajando en Sarrió, la papelera de Leitza, a Teodoro Galindo le llegó hace 8 años la hora de la jubilación. Con 60 años, inició una nueva etapa de su vida y una nueva afición, las manualidades, faceta que le ha llevado a reproducir edificios singulares de Lei-tza. Son maquetas en las que se adivina su gusto por el trabajo bien hecho, sin mirar el reloj. Paradojas de la vida, trabajó durante 14 años como cronometrador, tarea que dejó para incorporarse al quinto relevo. “Se ganaba más” apunta. Se jubiló trabajando en una máquina de 45 metros de largo y dos pisos de altura. Ahora realiza miniaturas.

Aunque nació en Zaragoza, se crió en Tafalla, localidad que abandonó con 19 años para instalarse en Leitza. Allí conoció a su mujer, Paula Extremera, con la que tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Toda una vida en esta localidad de imponentes edificios, como su extraordinaria iglesia o su elegante casa consistorial y otros caserones, en un casco urbano con siglos de historia en el que parece que se ha detenido el tiempo.

Es un lugar que enamoró a Emilio Martínez-Lázaro, el director de la exitosa película Ocho apellidos vascos, sobre todo Aspain-Txiki, la casa de la protagonista. Así, no es extraño este caserón sea una de las maquetas estrella de Teodoro Galindo. “Con el auge de la película, realicé una que me compraron unos alicantinos, de Santa Pola. Dejé algunas en la casa, porque todos los días se acerca mucha gente para verla, pero no he vendido más”, apunta.

Lo cierto es que a la maqueta de Aspain-Txiki no le falta detalle, con su puerta de medio punto y el picaporte que golpea Dani Rovira, Rafa en la ficción, cuando va en busca de Amaia o la ventana por la que huye la protagonista. “En la película pusieron una tubería para que pudiera escaparse”, apunta este jubilado de Leitza.

“Siempre me han gustado las manualidades. Y como no puedo estar quieto, empecé a hacer cosas de carpintería como mesas y sillas. Fabriqué un torno con el motor de una lavadora”, recuerda Teodoro Galindo. Pero al quedarse sin bajera, se vio obligado a reducir el tamaño de sus trabajos para realizarlos en la cocina de su vivienda. Así, pensó en maquetas. La primera fue una borda. Satisfecho con los resultados, se atrevió con la iglesia. “Me quedó torcida”, apunta. Pero con aquella experiencia aprendió mucho, perfeccionando su técnica.

Lo primero es medir la fachada del edificio en cuestión, metro a metro y la altura de cada ventana. Después coge la calculadora y pasa las medidas a milímetros antes de llevarlo al papel en una escala que suele ser de 1:80 o de 1:150 “Es un trabajo de días”, apunta. Lo siguiente es coger un pedrusco y, armado de una tenaza y una pequeña piedra de esmeril, realiza pequeñas piedras de sillería que con mucha paciencia va colocando sobre un cristal en la que está dibujada la plantilla del edificio. En otros casos, la fachada está realizada con madera de cajas de fruta. Mención especial merecen las ventanas, que se colocan dentro del hueco. Las realiza con cerillas y medias cerillas e hilo de teléfono para hacer la forja.

Para las tejas de la cubierta utiliza la parte ondulada del cartón y pajitas para los canalones. “Para las placas solares uso tubos de plástico traslúcido y, para las macetas, capuchones de bellota”, explica Teodoro Galindo, que siempre esta explorando con dar nueva a vida a materiales desechados.