Acaba de irse de este mundo una de las voces más representativas de la herencia filial de la Generación del 27. Justo cuando falta un año para celebrar el Centenario de la pléyade de artistas más extraordinaria del siglo XX en España, la llamada Edad de Plata de la Literatura.
Aitana Alberti nos ha dejado hoy con el aliento amargo de la despedida y el recuerdo perenne de una trayectoria jalonada de amor por la Cultura. Editora, poeta, escritora, activista cultural, su obra fue traducida a más de quince idiomas y se alzó como insigne representante del Movimiento Poetas de Mundo y del Proyecto Cultural Sur. Hija de María Teresa León y Rafael Alberti, nació en el exilio de Buenos Aires y se formó como antropóloga, trabajando en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. También formó parte del Festival Internacional de Poesía de La Habana, donde tuve el honor de representar a Navarra en 2019 junto con la poeta de Uharte, Isabel García Hualde.
Todas hemos tenido ocasión de sumergimos en la inconmensurable obra albertiana, todas vindicamos la figura de una María Teresa León por la relevancia de quien logró mostrar su talento con voz propia en medio de la inmensidad poética de su compañero de vida. Hace apenas unos días se la estudiaba a través de su Memoria de la melancolía dentro del congreso “Autobiografía y autoría de mujeres del exilio español” en la Bergische Universität Wuppertal. Sin embargo, pararse en la figura de Aitana es hacerlo en la de todas las hijas del exilio: Aurora Correa, Maruxa Vilalta, Teresa Gracia, Angelina Muñiz, Nuria Parés, Teresa Medina Navascués, Francisca Perujo o María Luisa Elío. No podemos olvidar que María Teresa y Rafael pusieron como nombre de su hija el de la Sierra de Aitana, pues fue lo último que atisbaron desde el barco que partía de Alicante y con el que abandonaban su patria.
Aitana Alberti deslumbró en vida con su novela Inquilinos de la soledad, un homenaje a todos los exiliados y exiliadas de la Guerra Civil que debería estar en la mayor parte de las bibliotecas de la península ibérica. Conmocionó con poemarios como Pupila al viento (1998) o Y de nuevo nacer (1999) e inspiró el cortometraje Aitana (2023), ópera prima de Marina Alberti en el Festival de Venecia, en lo que vino a ser una carta de amor hecha imágenes.
Yo llegué a Aitana Alberti a través del biógrafo de su padre, mi muy querido Joan Carles Fogo Vila. Con él he compartido largas conversaciones sobre lo que fueron los lugares de esta familia -Los espacios habitados de Rafael Alberti (2009)- donde el exilio estaba inscrito en el corazón. Recuerdo en La Habana encuentros en la UNEAC con quien fuera compañero de Aitana, Alex Pausides, y aquella anécdota, breve y entrañable, en la que Isabel Hualde y servidora buscábamos sobre una mesa de comedor en El Vedado, dentro de las páginas de una vieja guía telefónica, los apellidos albertis…, es decir, las nietas de María Teresa y Rafael.
Descanse en paz Aitana Alberti, la hija del exilio. Y sea con sus versos, en esa herencia de vida y emoción que le profesaron sus padres y que nos lega a todas las amantes de la poesía y de la recuperación de la Memoria Histórica. Ahora que hasta la nacionalidad se les está cuestionando a las nietas y nietos de quienes que tuvieron que salir de su tierra para seguir luchando por las libertades y la democracia, ahora es el momento de nombrarles y recuperarles.
Para mi cuerpo triste
amado mío tiende
esas sábanas azules
que pasan a lo lejos amarradas
al sollozo del viento
y di en mi nombre adiós
a la belleza de lo creado.
(Nana de Aitana Alberti)