es sabido que cuando alguien acaba su ciclo de vida y muere, el recuerdo general se queda con el bagaje de aciertos que han compuesto su existencia y deja en un complaciente segundo lado los errores que la completan. Una actitud que se acentúa aún más cuando el fallecido forma parte de ese grupo con categoría de personalidades. En el caso de Samaranch, la sumisión hagiográfica ha sido la nota común en obituarios y artículos de despedida, loas desmedidas para repasar su trayectoria como dirigente del deporte olímpico internacional. Y también en las elites políticas del Estado, con la Monarquía a la cabeza. Por supuesto, de su pasado como dirigente falangista y hombre destacado en una dictadura opresora y contraria a los valores del espíritu olímpico, nada. Tan solo la desmelenada alabanza del columnista de ABC Hermann Terstch, para quien ese pasado de Samaranch como alto cargo de Falange Española y de la JONS sigue siendo motivo de honor. Para recordar ese pasado de dirigente franquista o su sumisión al régimen racista y derechista de Suráfrica; o sus conchabeos con los dictadores comunistas del Europa del Este o con los dictadores bananeros de África o América Latina para poder mantener un férreo control del olimpismo internacional; o de su desentendimiento de la extensión del dopaje en el deporte olímpico; o de su complicidad con un modelo corrupto de elección de dirigentes y de sedes deportivas -que acabó en el escándalo de Salt Lake City en 1999-, hay que acudir a la prensa internacional. Demasiados olvidos interesados, demasiado sumisa complicidad, demasiada información hurtada a la sociedad.