Simbología conservadora
Los símbolos indican la diferencia, el distintivo que indica la pertenencia a una ideología, partido político, creencia religiosa o país. Los colectivos fanáticos o las ideologías radicales son propensas a exhibir sus señas de identidad de forma tan ostentosa y provocadora como innecesaria. Y muchas veces esta fastuosa manifestación no es inocua en sus consecuencias, pues alimenta el odio y el enfrentamiento entre la ciudadanía.
Los conservadores alardean de su amor a la bandera, a la patria, a la familia, a la religión y a las tradiciones. Nada que objetar si este afecto no fuese utilizado, como de hecho ocurre, contra aquellos que piensan diferente o simplemente son más moderados en sus manifestaciones y preferencias simbólicas. Una cosa es el respeto hacia determinada simbología y otra el desafortunado chovinismo que pretenden imponer frente a otros símbolos también legales y legítimos. Es sabido que determinadas opciones políticas y religiosas no disimulan su entusiasmo por la simbología propia, dotada subjetivamente de una supuesta superioridad moral, que, como consecuencia, determina la denigración de la simbología de sus adversarios.
Los adictos al antiguo régimen franquista, hoy conversos demócratas, han venido mostrando una inocua resistencia a erradicar toda la parafernalia franquista de nuestras calles y plazas: banderas, escudos, insignias, monumentos, placas conmemorativas, nombres de calles o efigies, pese a que están obligados a su retirada por la Ley de Memoria Histórica de 2007. Hemos asistido a un sinfín de absurdas argucias mediante las cuales pretenden mantener determinadas reliquias de la dictadura, cuando en realidad su ilegal resistencia obedece sencillamente a que no quieren renegar de su pasado totalitario, del que se sienten orgullosamente herederos. No parecen entender que la exaltación pública de símbolos representativos de una época que impulsó el exterminio físico del adversario político, el exilio de todos aquellos que pensaban diferente y suprimió todo tipo de libertades mediante una dura represión, atenta contra los valores de una sociedad democrática y es contraria al espíritu del vigente orden constitucional.
Lo más preocupante es, sin embargo, que los ultraconservadores de la derecha española, culturalmente católica y políticamente nostálgica, piensa, con un discurso de rastrillo de reliquias caudillistas, que mantener los símbolos franquistas forma parte de nuestra historia. Quizá en el museo de los horrores tendrían cabida, pero no en el espacio público. Lo cierto es que Franco principió un régimen siniestro y acabó por acelerar su pudrición, no por involución moral sino porque su malignidad estaba ya en su matinal origen. Los protervos de toda la laya fascista, haciendo mucho gasto de nacionalcatolicismo, se afanaron hasta tal punto en mantener los valores del antiguo régimen que se avinieron a un histórico acuerdo e hicieron posible una Transición aquietada y bien arregladita. Los pactos de la Moncloa supusieron el bautismo y conversión democrática de todos aquellos que años antes enmudecieron la musicalidad poética de Miguel Hernández, anegaron el preciosismo literario de García Lorca y despreciaron la paradoja de Unamuno, toda aquella aristocracia del alma que fue recluida en ergástulas, fusilada al alba o confinada en su propio domicilio hasta que se le infartó el corazón. Y así fundaron el Partido Popular que, como su nombre indica, pretende cínicamente representar a la clase trabajadora y, en particular, a los más desfavorecidos. Sin embargo, los signos externos de sus dirigentes muestran todo lo contrario: alto poder adquisitivo, obtenido con elevados sueldos, dietas, gastos de representación y sobresueldos, viviendas de lujo, vestidos de marca, coches de gama alta, joyas costosas, caros perfumes o bolsos de firmas afamadas. Está claro que el PP tiene muy poco de popular, al menos su cúpula, pues trabaja para una sociedad formada por una casta que vive muy bien y una mayoría que vive fatal. Y a ese proyecto se entregan con entusiasmo, recortando los derechos de los trabajadores, rebajando el poder adquisitivo de los pensionistas o disminuyendo las becas que van a terminar con la igualdad de oportunidades. Qué duda cabe que esta clase privilegiada y ostentosa, simbólicamente conservadora y clasista, apuesta decididamente por el neoliberalismo económico, que en manos del PP no se agota en el libre mercado la iniciativa privada y la libre competencia, sino que recurre a todas las reformas estructurales necesarias para que el poder empresarial tenga todo tipo de facilidades que incluyen incentivos fiscales, bajos salarios, contratos basura, despido libre y barato y una arbitraria flexibilización del mercado laboral. Mientras, los trabajadores, desprovistos de sus derechos, esperan desesperados a ver si los empresarios se deciden a invertir y generar puestos de trabajo. En fin, el pollo asado viene siendo, desde la posguerra, la metáfora popular del hambre del país, y me parece que sobre campo de gules y patas fritas va a seguir siendo el plato estrella en la heráldica del apetito nacional.
El autor es médico-psiquiatra