La maraña mediática

Arde la calle, luego cabalgamos

Un vistazo a las mil y una interpretaciones sobre las grescas callejeras de estos días

22.02.2021 | 09:31
Varios jóvenes se disponen a lanzar un contenedor en las protestas por el encarcelamiento de Pablo Hasél.

De vuelta a las profundidades cavernarias, la primera parada y fonda obligada es un vistazo a las mil y una interpretaciones sobre las grescas callejeras de estos días. Como imaginarán, nueve de cada diez piezas de opinión se centran desde hace una semana en el asunto. En muchos casos, son tesis de miles de palabras, pero en otros, basta una frase para retratar la situación y, de paso, autorretratarse. "Me está empezando a dar la impresión de que la democracia española se está llenando de putas que cantan", culmina Santiago González su columna en El Mundo, con título que abunda en el viejo oficio: "Rabizas que cantan".

Si prefieren una versión más canónica sobre la algarada, les traigo la de Julio Valdeón en La Razón. "El PSOE ha propiciado que España importe la monstruosidad política del País Vasco y Cataluña, o sea, la normalización de los albaceas del crimen político y el blanqueamiento de políticos iliberales y organizaciones golpistas. Vivimos inmersos en una batasunización cancerígena". Un clásico, ya les digo. Y por ahí apuntan no pocas plumas diestras, como la de Ignacio Camacho, en ABC: "Barcelona puede estar orgullosa: se ha convertido en la capital de la nueva 'kale borroka'. Debe de ser porque ya se nota la influencia de Otegui [sic] en el separatismo catalán y sobre todo en sus huestes más cimarronas, que acaso sin saberlo han batasunizado la trágica memoria de la 'Rosa de Fuego' convirtiéndola en una parodia". Cómo ceder a la tentación de aliñar el potaje con las referencias vascongadas de rigor.

Claro que esto también va por obsesiones. Como es notorio, una de las preferidas de Federico Jiménez Losantos son las hoces y los martillos, así que en una pieza titulada "Primero de Comunismo", se apresura a aleccionarnos: "La táctica comunista se ha basado siempre en la violencia, porque, como dice Iglesias, sólo en circunstancias de excepcionalidad pueden llegar al poder. A las buenas, nadie los vota". Por senda semejante, desde ABC, Juan Manuel De Prada pontifica: "La violencia revolucionaria es para la izquierda lo mismo que los misterios parusíacos para un católico consciente: el corazón de su fe, que sin embargo conviene someter a la disciplina del arcano, para no provocar escándalo entre los 'paganos'. Y una más, con toque lírico y firma de exministro de Interior con ángel de la guarda adosado. Lean las lúgubres palabras de Jorge Fernández Díaz: "El enemigo de la libertad y la democracia ha ocupado la ciudadela, al tiempo que Sánchez duerme plácidamente. Mientras, en el exterior de Moncloa doblan las campanas en alerta comunista, en un repique que suena a toque de muerto".

Luego hay quien se lo toma por el lado lúdico, como Francisco Marhuenda, que desliza en La Razón: "Me imagino que irían ciegos de alcohol y porros para amenizar la fiesta". Una menudencia, eso de imaginar puestos de farlopa a los alborotadores, al lado de la hipótesis definitiva sobre lo que lleva a la chavalería a darse al lanzamiento de adoquines e incendiado de contenedores. No, qué va. No es el hartazgo de vivir en la precariedad, sino las ganas de pillar cacho. Tal cual lo asevera en La Razón Chapu Apaolaza, sin olvidar la referencia al norte irredento. Pásmenese: "Una de las claves del éxito de la violencia callejera es que da la oportunidad de echar un caliqueño a chavales que de otro modo hubieran llegado vírgenes a los cuarenta. Esto mismo pasó en Euskadi en los días en los que en las calles mandaba Jarrai. Gracias a la épica de la gasolina, chavalillos sinsorgos vivían como príncipes rodeados de un harén de jovencitas revolucionarias, diosas políticas a las que nunca hubieran optado de haber vivido dentro de la ley".

Después de eso, solo cabe poner el punto final.