Venimos de una tradición cultural donde la palabra dada se convertía en un contrato entre ambas partes, no hacía falta firmar nada. Si se daba la palabra, eso era ley y se cumplía, no había dudas ni titubeos, era así. ¿Cuándo perdimos el valor de la palabra dada? Ahora se miente con mucha, muchísima, con excesiva facilidad, se ha impuesto el dicho “donde dije digo, digo Diego”. Ya casi nadie se ruboriza ante la difamación, se ha normalizado mentir. El escritor Juan Manuel de Prada, en su artículo titulado Calumnias (XLSemanal), llega incluso a decir: “Nunca como en nuestra época la mentira había logrado sembrar de modo tan eficaz la confusión babélica del mundo”.

Se alega que estamos en una sociedad líquida, tan inestable, que cambiar de opinión continuamente es ir a favor de los tiempos que vivimos, un factor adaptativo. Se está llegando al límite de que se está cambiando de parecer al antojo de cada momento. Eso no es adaptarse, eso es simplemente egoísmo puro, una exaltación del individualismo como ideología y un estar en la vida donde lo importante “soy yo”, “lo que me apetece ahora” y si varío de parecer, no importa, a nadie le tiene que importar. Se le olvida a esta gente, cada vez más y más gente, que no están solas, que su actitud, sus cambios constantes, sus caprichos, tiene consecuencias en los demás. No estamos para adaptarnos al deseo del otro, estamos para intentar sobrevivir como comunidad, no como una sociedad de individuos individuales.

Un claro ejemplo de lo que está pasando lo están padeciendo el comercio y la hostelería. Se compra a veces compulsivamente, sin probarse, sin verlo físicamente, da igual luego se devuelve el producto porque, o no me cabe, o no me sienta bien, o no termina de gustarme, o resulta que ya tengo más iguales. Ese devolver sin miramientos hace que el producto viaje de ida y vuelta “gratuitamente”, con un coste ecológico cada vez mayor. De hecho, ya el 36% de las compras hechas electrónicamente se devuelven, se está llegando a que el coste de envío se está equiparando al coste de las devoluciones. Y según estudios, en fechas señaladas, como el Black Friday o la Navidad, el retorno puede rondar el 50%. Una locura, una insensatez y una auténtica irresponsabilidad. Mientras tanto, el comercio de cercanía, de proximidad, desfallece. Un comercio que da trabajo a la gente del entorno, un comercio que te da la posibilidad de probarte, de verlo y tocarlo, de comprobar en el momento si te gusta, si te queda bien. Un comercio que siempre está ahí, cuando lo necesitas por urgencia, pero que se abandona para la compra rutinaria matándolo así, poco a poco.

En el otro ejemplo, el de la hostelería, cada vez hay más cancelaciones de reservas de última hora injustificadas, modificación de planes. A un pequeño restaurante (la mayoría de los gestionados por gente sin marca detrás), por ejemplo, que le fallen reservas de 8-10 comensales, o más, les supone unas pérdidas importantes. Es el producto que no sale y muchas veces no lo puedes conservar, es el personal que has contratado de refuerzo, es la gente que has rechazado porque ya estaba reservado… A este tipo de restaurante las ausencias sin cancelación previa lo pueden hundir. No es serio, no es responsable, es puro egoísmo. Lo mismo que el comercio local, la restauración local puede llegar a desaparecer quedando las franquicias, las grandes marcas que todo lo aguantan. Mientras, la comida sana, la elaborada con productos cercanos dejará de existir, comeremos fuera de casa lo mismo que se come en cualquier lugar del mundo, insípida o cargada de especias para potenciar el sabor que el producto no tiene.

No podemos ir por la vida pensando solo en nuestros intereses, como si no hubiera un mañana, sin importarnos un bledo las consecuencias en los demás de nuestros actos cambiantes. Nuestro entorno son los demás. Lo que alimenta el cambio continuo de parecer es la mentira, el no querer mantener la palabra dada.

Esta actitud tan en boga, basada en la “libertad individual” es el principio del fin del contrato social, de la convivencia entre iguales, es la exaltación del que más puede y como puede lo hace cuando le da la gana y como le da la gana. ¿Y el resto? el resto le da igual, si no pueden que se jodan, no es su problema. Esta gente hace que su actitud acabe siendo nuestro problema y la solución va a pasar por poner límites al antojo, al lujo, al despropósito y a la chulería del que más tiene. Y si no se toma esta decisión, el mercado marcará sus propias leyes y normas. Así, veremos que cuando ya todo el comercio local desaparezca y solo queden las grandes marcas o la compra por Internet, marcarán los precios a su interés y cobrarán por cada devolución. Y así mismo, cuando ya no queden restaurantes locales sino de las grandes marcas, cobrarán lo que quieran y para hacer reservas pedirán una fianza para evitar las cancelaciones. O espabilamos como sociedad o el poder económico acabará por someternos a su deseo e interés, que evidentemente no será el nuestro, volando los beneficios a paraísos fiscales lejanos.