María Chivite renuncia a formar gobierno en Navarra. Por honestidad ideológica y por ética política. La influencia de EH Bildu es otra vez determinante para construir un Ejecutivo plural y progresista, y eso le resulta insoportable. Solo ella sabe los dolores de conciencia que ha padecido estos años de Legislatura facilitada por la izquierda abertzale. Un sin dormir, como Pedro con Unidas Podemos. No tiene forma de revalidar su presidencia sin contar con votos independentistas que le validen una mayoría simple en segunda sesión. Como en 2019, cuando los parlamentarios abertzales se jugaron al azar las papeletas de abstenzioa y ez para cuadrar cuentas. Con admonición del patriarca Otegi: “Nace un gobierno minoritario y esperemos que sean capaces de entenderlo definitivamente”. Pues, no lo parece. Entonces, esta vez, ¿condescendencia o penitencia? El PSOE y su franquicia foral nunca han pactado con EH Bildu. Han sido “dinámicas parlamentarias”, que dice Sánchez. Investidura, Presupuestos... ¡Bah! La dinámica de las pequeñeces. Su grado de autonomía es tal que quieren dejar pasar el 23-J. Del inquilino de Moncloa puede depender quién ocupe el Palacio de Navarra. De momento, el PSOE ha perdido mucho poder municipal y autonómico. El agobio socialista es de órdago. Así que los candidatos navarros Cerdán (Congreso) y Remírez (Senado) se han puesto en modo apocalíptico: “Navarra se juega sus Fueros y el progreso en derechos y libertades”. Navarra siempre tiene el comodín de la “teoría del quesito”, patentada por Miguel Sanz para fortalecer el constitucionalismo y evitar empatías nacionalistas vascas en el PSN. Un salvoconducto para tocar poder. Ramón Alzórriz, secretario de Organización, disuadió a Esparza de hacer llamada. Igual es él quién descuelga el teléfono después de las generales. O provoca repetición electoral en la Comunidad Foral, como advirtió. No hay cojones. Por cierto, los dos primeros párrafos son ficción. Caústica.