Como cada año, con el otoño ya avanzado, comienza el ritual político de apareamiento presupuestario. Tiempo de Presupuestos. En una acción táctica, UPN ha movido sus fichas aunque son pocas y están mal situadas en el tablero de la partida. Casi al mismo tiempo, Ibarrola anuncia una ronda de contactos con los grupos municipales para negociar los Presupuestos de Iruña y Esparza se ofrece a Chivite para pactar las Cuentas de Navarra para 2023. Ambos con el mismo objetivo propagandístico: intentar dejar fuera de la ecuación al resto de fuerzas políticas que suman las actuales mayorías en ambas instituciones con la zanahoria de la exclusión de EH Bildu como señuelo principal. El movimiento de Ibarrola y Esparza ha tenido poco recorrido. Especialmente en Pamplona. La pose de dejar fuera de esas conversaciones presupuestarias a EH Bildu, segunda fuerza municipal con solo un concejal menos que UPN, ya dejaba entrever la escasa confianza de la alcaldesa Ibarrola en sus posibilidades. Aún peor, en apenas 48 horas quedó tan claro como se podía intuir previamente su incapacidad –o falta de interés real–, de llegar a un acuerdo que le garantizase la mayoría para aprobarlos. Ni PSN, ni Geoa Bai ni Contigo-Zurekin han visto alguna mínima señal de que esa invitación tuviera alguna seriedad. Solo un mero trámite de obligado cumplimiento. De hecho, la única consecuencia política real de este torpe paso ha sido constatar que la moción de censura en Iruña está cada día más cerca. Ibarrola tenía difícil navegar en una alcaldía en clara minoría, pero el reto lo ha hecho más complicado aún apostando por la misma actitud dejada y prepotente de su antecesor Maya. Pamplona no se puede permitir otros cuatro años de parálisis y retrocesos y es más que posible que la incapacidad de Ibarrola para sacar adelante unos imprescindibles nuevos Presupuestos desde los que afrontar las necesidades de la ciudad sean la puntilla a su alcaldía. Por su parte, el ofrecimiento a pactar de Esparza es el mismo que repite cada año desde que está en la bancada de la oposición y siempre con el chantaje de la exclusión de otros como premisa previa. Sin ninguna intención política real de llegar al acuerdo, sino solo de intentar agitar la cohesión de la actual mayoría democrática en Navarra. Chivite sabe que tiene los Presupuestos encarrilados con sus socios de Gobierno (Geroa Bai y Contigo-Zurekin), aunque las prioridades de la distribución de esos recursos –básicamente los servicios públicos de salud, educación, vivirenda y atención social–, estén sujetas a los costes de personal que se consolidan al alza cada año, a la buena marcha de la aportación fiscal y del empleo y las obligaciones del techo de gasto. Si Esparza quiere de verdad participar en ese viaje tendrá que aportar algo más que exigir vetos. La puerta está abierta, pero hay que traspasarla. Más aún cuando EH Bildu parte con la ventaja de tener una estrategia ya diseñada de antemano para recorrer su actual periplo político y Esparza parece actuar más por cumplir un papel a la espera de su relevo al frente de UPN que por convicción de intentarlo con seriedad. Si la intención última de Ibarrola y Esparza ha sido hacer coincidir ambos discursos presupuestarios para tratar de salvar al menos de momento la alcaldía de Iruña, el resultado ya está definido como fracaso.