Hola personas, ¿cómo van los calores?, no nos quejemos que todo lo que puede empeorar empeora.

Esta semana aproveché el día festivo que nos regaló el calendario, ese jueves que me supo a gloria bendita, y me fui de excursión a las vecinas tierras alavesas. Resulta que hace unos días un amigo me envió vía WSP unas fotos de unos pueblos de Álava, ubicados en la llamada Cuadrilla de la Llanada alavesa, es decir aquí al lado, y me parecieron muy interesantes. Así que el jueves, como digo, me acerqué a aquellas tierras. Para llegar abandoné la autovía en Irañeta y fui por la vieja carretera que hacía siglos que no recorría. Qué cantidad de recuerdos me venían a la memoria atravesando todos esos pueblos de la barranca.

Crucé la muga que nos separa de tierras alavesas y tomé el desvío hacia Eguino que dejé a mi derecha para seguir ruta, el siguiente pueblo era Ilarduia, mi primera parada. Fue la fachada de una casa típica de la zona la que me hizo aparcar y salir con mi cámara para ver que se me ofrecía. La casa era una de esas casas, que no se dan mucho en Navarra, que tienen ladrillo caravista y unas maderas a modo de nervio que le dan cuerpo y consistencia. Una verde parra cubriendo, trepadora, parte de la fachada ponía la nota de color. Frente a la casa vi que estaba la iglesia, un tosco templo, renacentista, con una bonita portada ante la cual una bancada de piedra nos cuenta de viejas reuniones vecinales. Junto a la iglesia un bonito lavadero cubierto y excavado bajo el nivel de la calle para que el agua del riachuelo vecino pudiese entrar en sus pozas por gravedad. Visto esto seguí carretera. El siguiente pueblo fue Albéniz, entré y me acerqué a la iglesia que, como nota curiosa, tenía en el porche la maquinaria del reloj de la torre con todo el juego de engranajes a la vista y dos enormes piedras a modo de pesas. Cuando salía del tranquilo pueblo, cuyo silencio solo lo rompían los juegos de unos niños en los columpios, me di de morros con una pequeña panadería, nunca me he resistido a una buena panadería rural así que paré y entré, me recibió un panadero atípico, era un tipo de pasado un poco jipi, con su coleta, sus bermudas y sus buenos decenios a la espalda. Era simpático y hablamos unos minutos, me dio un cabezón pequeño, me cobró 2,60 €, y cuando llegué a casa y le hinqué el cuchillo para luego hincarle el diente me di cuenta de que ese pan ya llevaba unos días en este mundo. Seguí mi ruta y el siguiente pueblo fue el más interesante: Zalduondo. Nada más llegar ya noté que se trataba de un pueblo tranquilo, de vida sosegada, con casas de categoría, de fuertes sillares y mucha historia a sus espaldas. Antes de parar me llamó la atención un maravilloso palacio barroco en el que destacaba sobre la puerta un imponente escudo heráldico rodeado de lambrequines, penachos, giras y bureletes y rematado por un gran yelmo crestonado, enmarcado todo ello por un frontón triangular en lo alto y dos columnas clásicas de capitel corintio. Todo el conjunto lo custodian, uno a cada lado, dos guerreros bien armados, que dan el nombre popular al palacio: casa de los Gizones, gizon es hombre en Euskera. Aparqué el coche en una campa que hallé junto a la iglesia, y me disponía a bajar hasta el mentado palacio cuando vi que salía gente del templo, ¿está abierto? pregunté a un paisano, sí, pero corre que la cierran, me dijo. Le hice caso, aceleré el paso y entré cuando ya no quedaban más que tres señoras, una de ellas, que luego me dijo que se llamaba Isabelita y que debía de ser la serora, esa figura antaño tan presente en las iglesias vascas y que podríamos traducir por sacristana, en un alarde de amabilidad, me dijo, ¿quieres que encienda las luces para que la veas mejor?, se lo ruego, le dije, fue a ello y… fiat lux, la luz se hizo. Un precioso retablo se iluminó ante mí con sus calles, sus entrecalles, sus cuerpos, su banco y su remate. En la calle central la figura del patrón que de algo me sonaba, y con razón, ya que era San Saturnino, qué casualidad, al cual flanqueaban dos obispos que supongo que representaban a San Honesto y a San Fermín. Vi la iglesia a placer y, al salir, Isabel me invitó que fuese con ellas al vecino bar a tomar un aperitivo, ahora voy, le dije, pero antes voy a dar una vuelta por aquí. Me acerqué al palacio, cuyo nombre oficial es Palacio de Lazarraga. Tras verlo y fotografiarlo volvía sobre mis pasos cuando me encontré con un amable paisano que me dijo, ¿ya has visto la bolera?, no, dije, si quieres te acompaño, se ofreció, acepté encantado y me llevó a ver un lugar delicioso, un porche alargado dividido en dos longitudinalmente, en el que al sabor de la piedra y la madera se unía un suelo de arena fina por el que corrían las bolas para derribar el mayor número posible de los cuatro bolos que puestos en fila esperaban su impacto. Mi amable acompañante, que dijo llamarse Jose Ramón Etxeberría, me estuvo explicando todo el mecanismo de tan popular juego, y la distribución de los terrenos, este para los jugadores, ahí para el árbitro, aquel para el público. Me habló de las apuestas, del ambiente, de las dos modalidades, una con los bolos en el centro otra con los bolos pegados a la pared. Tras unas cuantas palabras y unas cuantas fotos, nos acercamos al bar Imaz a echar un chiquito. Allí seguían Isabel y sus amigas. Acabado el trámite nos despedimos y seguí mi excursión.

El siguiente pueblo fue Galarreta en el que me sorprendieron las ruinas de una iglesia muy bien cuidadas y puestas como monumento-recuerdo del pasado. Resulta que, según leí en un panel, la iglesia románica del pueblo una noche de 1951 se vino abajo quedando en pie parte de la fachada, el comienzo de la torre, parte del muro testero, y, milagrosamente, la capilla particular de la familia poderosa del pueblo, los Velasco, que ahí sigue intacta. Tras ver y admirar lo que allí había, subí al cementerio que se yergue solitario en medio de la bien llamada Llanada. Volví a la carretera y al salir del pueblo vi un camino con una flecha y un letrero que rezaba: Gazta salgai, mis pocos conocimientos de euskera fueron suficientes para entender lo que decía y tomé el camino con la intención de comprar un buen queso, llegué, entré, llamé y no hubo nada, nadie atendió a mis timbrazos, solo perros y gallinas se hacían eco de mi llegada. Volví al coche, pero sin queso.

La mañana había pasado y, con la satisfacción de haber conocido un poco más a mis vecinos, se me hacía hora de volver a casa. El hambre me hizo tomar la autovía.

Volveré.

Besos pa tos.