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Mesa de Redacción

Joseba Santamaria

Se oye el basta ya!, pero no se escucha

Se oye el basta ya!, pero no se escuchaEFE

Un año desde que Israel, bajo el mando de Netanyahu, iniciara su ofensiva sobre Gaza como respuesta a los atentados terroristas de Hamás que dejaron más de 1.200 personas asesinadas y más de 200 secuestrados, cien de los cuales aproximadamente aún no han sido liberados. Doce meses que han destruido Gaza, han sido asesinados más de 42.000 palestinos, la inmensa mayoría civiles y casi la mitad de ellos niños y niñas y han obligado a cientos de miles de ciudadanos a desplazamientos forzosos sin ningún lugar seguro en el que refugiarse. Ataques a las organizaciones internacionales, a la ONU y la prohibición total –por algo será–, de la presencia de prensa internacional en el terreno. De los periodistas que trabajan desde el interior de Gaza, más 170 han sido igualmente asesinados, muchos junto a sus familias. Un proceso de limpieza étnica y masacre de civiles inocentes y sin posibilidad alguna de defensa que ha sido cuestionado por los tribunales internacionales con los principales dirigentes del Gobierno de Israel, con Netanyahu a la cabeza, acusados como responsables. Una espiral de venganza y violencia que ahora se ha extendido al sur del Líbano y al sur de Beirut y que ha ampliado la tensión bélica en toda la zona con el riesgo de un enfrentamiento directo con Irán que acabe por en un conflicto regional que lleve sus consecuencias a todo el orden internacional. De hecho, ya hay una brecha que se va ampliando poco a poco entre Occidente y el Sur Global y nuevos países emergentes con potencial económico han marcado distancias con EEUU y la UE. Y ese mismo distanciamiento de posiciones en la geopolítica internacional se puede observar entre los ciudadanos de muchos países y sus representantes políticos. En Europa, es una realidad evidente, con las calles acogiendo manifestaciones con cientos de miles de personas contra la masacre palestina y unas instituciones divididas que no han tenido ninguna capacidad de influencia para detener los bombardeos y matanzas. Netanyahu y su Gobierno –una mezcla de sionistas supremacistas, fundamentalistas mesiánicos y ultraderechistas racistas–, no ha ocultado nunca su intención de avanzar hacia el objetivo del Gran Israel, un territorio desde el Sinaí egipcio hasta Damasco, la capital de Siria. Israel lleva décadas ganando terreno con ocupaciones ilegales de tierras palestinas y su posterior colonización y lo ha hecho con una sucesión de guerras de las que siempre sale victorioso con su superioridad militar y el apoyo absoluto de EEUU. Ha desoído siempre los acuerdos y resoluciones de la ONU y de otros organismo internacionales. Un modelo de actuar contrario a la Legalidad Internacional y los Derechos Humanos que ahora, desautorizado ese mínimo orden internacional que se construyó tras la 2ª Guerra Mundial, se aplicará impunemente en cualquier otro lugar del mundo. Violencia que solo alimenta más violencia de respuesta que a su vez genera otra vez violencia de venganza. Una guerra imposible de ganar. Un año en el que no solo han sido asesinados miles de niños y niñas inocentes, sino que se ha destruido el futuro de los supervivientes que puedan quedar al final de este genocidio. Escuelas, universidad, hospitales, infraestructuras, carreteras, viviendas... ¿cómo seguir viviendo en un lugar en el que ya no hay nada? Una batalla desigual entre la arrogancia del impune y la desesperanza del olvidado. Todo seguirá igual.