En este fútbol español de dos reglamentos –uno para el Real Madrid y el Barça, otro para el resto–, la última víctima ha sido el Celta, esta vez en forma de penaltis y de rivales que no deberían haber acabado el partido. Era mejor que el Real Madrid pasara la ronda copera, y como no lo lograba por lo civil, porque tiene atrás un coladero, lo tuvo que hacer por lo criminal.

Creíamos, en nuestra ingenuidad, que con la llegada del VAR se iban a terminar los escándalos arbitrales, pero seguimos viendo burdas decisiones de los colegiados, siempre casualmente hacia el mismo lado. Y no hay más. Y no sabemos qué solución se le puede dar, si es que hay alguna, porque mucho nos tememos que no hay la menor voluntad de acabar con el statu quo de un fútbol con dos protagonistas –y toda su poderosa claque– y 18 comparsas que tienen que asumir, y sin quejarse mucho, cuál es su irrelevante papel en este circo de dos pistas.