Leo toda clase de análisis desde hace años acerca de Cristina Pedroche y su performance de Nochevieja. Textos que destacan el empoderamiento que supone, la liberación, lo transgresor frente a lo clásico, la reivindicación de la libertad de la mujer para llevar puesto o no puesto lo que quiera. Y textos que ahondan en todo lo contrario, con la exhibición sin motivo –más allá de buscar audiencia– del cuerpo femenino como base de las críticas, llegadas, como los parabienes, desde todos los flancos de la sociología, también desde el feminismo. Servidor, personalmente, no tiene una opinión formada al respecto, más allá de que, efectivamente, puede ir como le dé la real gana y más allá, también efectivamente, de que eso no deje de ser una cosificación del cuerpo de la mujer como otra cualquiera, se vista como se vista, con perdón.

Pero, en particular, no soy capaz de profundizar más en los aspectos antropológicos del asunto. Y no lo soy por la sencilla razón de que carezco posiblemente de los conocimientos necesarios. De lo que no carezco es de la capacidad de que un personaje me aburra. Y de la capacidad de compartir ese aburrimiento con ustedes. A mi Cristina Pedroche me aburre, la performance textil y dérmica que lleva protagonizando desde hace la tira de años me aburre soberanamente desde el mismo inicio, posiblemente porque no le veo al asunto mérito individual ni colectivo de ninguna clase, ni gracia alguna, ni apuesta o valentía ningunas. Y supongo que soy uno de muchos y muchas que nos sentimos así y que consideramos que, como se suele decir, la sociedad ya ha cambiado de pantalla hace mucho con esto.

No sé, quizá a finales de los 70 o en los 80 esto tenía su sentido o su parte de experimento, pero bien entrados en el siglo XXI más bien parece una cosa de las películas de Pedro Lazaga que otra cosa, con todo lo que de caspa eso supone.