Dos enigmas para estrenar el año. Uno, si la izquierda a la izquierda del PSOE, a pesar del permanente estado de discordia consigo misma, será capaz confluir en una UTI (Unión Temporal de Izquierdas) frente al proyecto fascista que se avecina. Y dos, si esa izquierda tiene todavía capacidad transformadora, o ha admitido definitivamente que es más fácil que llegue el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Preguntas que requieren el desvelo de otras previas: ¿Es la izquierda, o parte de ella, rehén de que cuanto peor vaya todo más opciones tendrá para capitalizar el descontento, a pesar de que ese descontento lo esté capitalizando la extrema derecha?
¿Andan las izquierdas inquietas frente al fascismo que amenaza con institucionalizarse sin cordones sanitarios de por medio? ¿Es por esto que Rufián va de político suicida sin línea de vida cuando reclama un frente defensivo frente al bloque fascista?
¿Es posible esa unidad de la izquierda que cada vez que se invoca acuden, como decía Gustavo Bueno, «los mitos “oscurantistas”, esto es, la imposibilidad de la unión de las izquierdas debido a su diversidad y doctrinas, en ocasiones, incompatibles dado su origen unívoco? ¿Es el voto del “miedo a que viene la ultraderecha” tan estratégico si, como dice María Márquez, ni la nostalgia ni el miedo, mucho menos la desesperación, tienen el poder de convocar la esperanza?
Decía Gaetano Salvemini, socialista encarcelado por Mussolini tras la II Guerra Mundial que lo contrario de “unidad” es “unión”, unidad entendida en el sentido de unidad totalizadora, sin arrugas. Y así discutía Salvemini con los comunistas la estrategia común frente al gobierno fascista: «golpear unidos, caminar separados». Es decir, ¿Y si unidad de la izquierda pasara por estar unidos circunstancialmente respetando la pluralidad, pero ganando en operatividad frente al fascismo? Quizá superar la fragmentación exija menos nostalgia por el pasado y más audacia estratégica en el presente.