Se va uno cuatro días y regresa a la materialización de la distopía global. No hay ciencia ficción que supere lo vivido en la última semana. Todo lo más, anticipada por uno de sus más preclaros estandartes: Isaac Asimov y su ciclo de la Fundación.
A ver quién es el guapo que se abstiene de comentarlo, aunque sea con retraso. Con un poco menos de actualidad y un poco más de Historia, se puede ganar perspectiva. A Donald Trump es difícil no verle como él se ve: el monarca investido por la Providencia para liderar una megacorporación continental con aspiraciones globales. En su relato, la democracia y otras zarandajas son útiles cuando le sirven; allí donde no gana, es un fraude del rival.
Los líderes europeos se dividen hoy entre los dispuestos a alimentarse de las migas que caigan de la mesa imperial como sátrapas locales y los que han descubierto la falta de mecanismos de respuesta y corren a improvisarlos. Es un clásico de la historia de Europa: Roma cayó a manos del germano Odoacro, contratado para defenderla; los partidarios de Witiza llamaron a Tariq para derrotar a Rodrigo y abrieron la Península Ibérica al control musulmán; el rey franco Carlos III el simple -alguna pista ya da el apodo- contrató al vikingo Rollo para proteger su flanco norte, le cedió Normandía y esa nueva potencia acabó invadiendo Inglaterra. Más cerca en la memoria están los libertadores soviéticos y su relevo del fascismo en el yugo a los pueblos de Europa Oriental.
La gota que colma
Sortu es un paralelepípedo
Iraola, nuevo ‘número 1’. Sortu es un paralelepípedo en el que todas sus caras son intercambiables. Prueba del algodón: a Arkaitz Rodríguez lo va sustituir -no se admiten sorpresas- Xabier Iraola. El primero, pilar de la organización juvenil Haika; el segundo, de su refundación Ernai; el primero, responsable de acción política de Sortu antes de liderarlo; el segundo, de Herrigintza. Así que lo único que ha sabido ditinguir Sortu de Iraola es que ya no estaba ETA cuando arrancó en política. Pero la crítica a Rodríguez no es que sea coetáneo de la banda sino que no se haya mostrado ética y democráticamente discrepante de ella.
Ocho décadas de delegación de la defensa europea en EE.UU. y no debería extrañarnos que un líder tribal ambicioso decida sacar partido al gigante militar que posee para dejar de ser mercenario o socio y quiera todo el pastel.
Europa se tienta las vestiduras justo antes de rasgárselas. La tormenta pasará, claro: el dominio ostrogodo de la península Itálica cesó a los 60 años; el normando en Inglaterra, a los 90; el musulmán en la Ibérica, 780. La paciencia no parece bastar ante lo que venga.