Esta es la historia de dos calles de Pamplona a primera hora de las mañanas de lunes a viernes, cuando las camionetas de reparto –fundamentalmente de bebidas para hostelería, pero también de productos de alimentación, de mensajería, reparaciones…– circulan apremiadas por los horarios del permiso de acceso y, seguro, por su gran carga de trabajo. Y ahí van, a excesiva velocidad, guiadas por conductores medio ciegos por el blanco y bajo sol de invierno y obligando a todos los transeúntes a pegarse a fachadas, persianas y portales, a saltar literalmente para no acabar atropellados.
Todo ello, mientras se mueven de lado a lado de la vía para sortear a otros transportes en fase de descarga que, sin pudor alguno, aparcan en la zona dibujada como acera. Es desde allá, agazapados, desde donde algún viandante se asoma temeroso para ver si puede seguir su camino.
A la Policía Municipal ni se le ve ni se le espera y, quizás por ello, un comerciante de la zona no tiene vergüenza en dejar, él y sólo él, el coche frente a su negocio como si fuera el vehículo oficial de un ministro, agravando aún más el caos y el enfado vecinal. Seguro que esta queja es extensible a diferentes puntos del Casco Viejo. Para que no queden dudas, yo hablo de las calles Calderería y San Agustín.