Cuando baja la persiana, el número 21 de la calle Calderería pasa desapercibido, pero durante el día, el ambiente de la pescadería La Kontxa no tiene nada que envidiar al del sábado noche del Casco Viejo de Pamplona. Aunque en mayo el local soplará las velas de su 100 aniversario, su dueña, Espe Arizkuren, se ha encargado de instaurar en él unas costumbres de lo más modernas, gracias a sus dotes de show-woman –como se define a sí misma–, pero sin perder ese trato cercano, “de toda la vida”, propio de un negocio centenario y que cada vez es más difícil de encontrar.
Y es que Espe está convencida de que ella no es solo “la que vende pescado”, sino que, desde el mostrador de La Kontxa, cumple toda una labor vecinal. “El otro día, un cliente necesitaba que le prestara dinero en efectivo y yo se lo di sin pensarlo, porque la esencia del barrio y del pequeño comercio se basa en esto”, defiende. Quizás por eso mismo, la pescatera pone todo su empeño en alegrar el día a día de sus clientes y entregarles sus raciones de pescado con un sazón especial, incluso a través de redes sociales.
En 2023, cuando se quedó como única tendera, la ansoaindarra –aunque de nacimiento, txantreana– decidió darle un lavado de cara a la pescadería para ponerla “más cuqui” y, sobre todo, para instalar unos altavoces en el techo que dieran “vidilla” a sus mañanas de trabajo. Ahora, Espe se pasa los días cantando. “De hecho, cuando las clientas se saben las canciones, hacemos dúos y se monta un ambiente muy guay”, cuenta.
Se compró un trípode y, desde entonces, no ha podido contener su inspiración. “No me puedo quedar quieta”, dice. En su perfil de Instagram, @pescaderialakontxa, Espe da rienda suelta a su imaginación y aprovecha para enseñar el género, a la vez que sus dotes musicales.
“Publico lo que me apetece”, revela. Sube vídeos enseñando el pescado, promocionando ofertas, compartiendo recetas o simplemente bailando, pero siempre al son de Amaral, Zetak, Gatibu, Rosana e incluso Adele, sus artistas favoritos. En realidad, en su tiempo libre, además de practicar pole fitness para mantenerse en forma, Espe es vocalista de la banda amateur de rock y heavy, Efektos Sekundarios, que ya ha dado dos conciertos. Sin embargo, como este no es su género favorito –aunque, al menos, le sirve “para practicar el twang”– aprovecha sus jornadas en la pescadería para interpretar las canciones que le gustan; esas en las que “la voz es protagonista” y que constituyen, por tanto, la banda sonora de La Kontxa.
Al mismo tiempo, con el fin de estrechar su relación con la clientela, la pescatera comparte, a través de una lista de difusión de WhatsApp, más vídeos diarios cantando y enseñando sus productos. “A veces me da miedo que piensen que soy una pesada”, dice, “pero después vienen y me agradecen que comparta esos momentos”. Aun con todo, a muchos clientes “les da reparo contestar porque piensan que todos leerán lo que escriben. No saben muy bien cómo funcionan estas cosas”.
Esta clientela que más dificultades tiene para lo digital es también la más fiel de La Kontxa, ya que “la gente de entre 50 y 70 años viene todos los días; la joven, de forma más esporádica”, reconoce. Bajo su punto de vista, este último grupo de edad es, además, el que menos pescado consume, “bien sea por su precio o porque no saben cómo pedirlo o prepararlo”. Por eso, a Espe le gusta asesorarles y proporcionarles consejos para que ahorren. “Creo que debe existir un equilibrio entre que yo pueda vivir y que la gente pueda comer pescado”, defiende.
Una historia de resiliencia
Le dicen que emprender fue una decisión muy valiente, pero era lo que tenía que hacer si quería pasar tiempo con su hija. Antes de adquirir la pescadería, la vecina de Ansoáin trabajaba en un Eroski cumpliendo distintas funciones –“haciendo de peoneta”, hablando claro–, así que no le quedaban muchos ratos libres para su familia. Entonces, lo apostó todo, “y no solo hablo de dinero, porque tener un negocio, muchos días, implica casi vivir en él”, expone.
Diez años más tarde, si hay algo que define el recorrido de Espe junto a La Kontxa es la resiliencia, porque ambas han sabido adaptarse a los tiempos. “Sé que muchas veces parece que vienes a la joyería en lugar de a la pescadería”, admite. Igual fue eso lo que le llevó a regalar una dosis de alegría a quienes compran su pescado. De cualquier manera, “seguimos sobreviviendo, que no es poco”, celebra.