Abdulaye, ahora Abda, Sangare es una persona trans que tuvo que huir de su hogar en Malí porque, lejos de ese miedo que uno siente por la guerra, sintió el dolor del rechazo de su familia y amigos. "Me dijeron que era una vergüenza para ellos y me vi obligado a irme solo a Costa de Marfil con 21 años porque no me aceptaban", cuenta. Ahora, con 36 años, mira hacia atrás y agradece los cinco años que lleva en Navarra, ya que, a diferencia de lo que suele ocurrir con otras personas refugiadas o, incluso, en el inicio de su propia historia. "Salí de mi país por mi orientación, me busqué la vida y traté de aceptar mi persona en primer lugar".
Después, en Marruecos le orientaron mucho más acerca de su identidad, le ayudaron a saber qué dirección tomar y "aprendí a que tengo que vivir mi vida sin molestar a las personas que quieran ayudarme". Por eso, cuando cruzó el mar para llegar hasta España ya tenía "una formación personal y he podido ser yo muy fácilmente gracias a los trabajadores sociales y colectivos", apunta. En ese sentido, menciona que lo que más le costó fue el idioma porque, según dice, "no se parecen mucho el francés y el castellano. Me tenía que poner el canal 24 Horas". Ahora, que forma parte del Comité de Personas Refugiadas de Navarra se ha propuesto que el Gobierno foral se dé cuenta de "las dificultades que sufrimos y qué podemos hacer para mejorar. Es imprescindible lograr la inclusión social y que los ciudadanos ayuden a los refugiados para que se integren mejor en un país que no nos pertenece. Si nos discriminan, pueden deteriorar nuestra salud mental", puntualiza. Asimismo, considera que es importante el tiempo de homologación de los títulos. "Personalmente, llevo desde 2023 de forma regular. Por eso, conseguí el trabajo muy pronto. Mi suerte es que me han acompañado para hacer frente a todos los problemas". Por eso, ahora quiere ser un apoyo para el resto para que las personas refugiadas puedan "participar en la economía del país, de la comunidad y sentirnos de aquí", concluye.