Esta columna bien pudiera ser continuación de la anterior, del desenlace del encuentro con el Oviedo, de la habilidad de Osasuna para sobrevivir en el caos. Y aún iría más lejos: parece que el equipo de Lisci llevara el partido a esa situación ante la evidencia de que, ni el pasado sábado ni este, pudiera alcanzar desde el orden los tres puntos. Evidentemente, al aficionado rojillo le gustaría más conseguir la victoria acompañada de la buena disposición táctica y de la profundidad del juego por bandas (en especial ayer por la izquierda) de la primera parte. Esos 45 minutos pueden enmarcarse entre lo mejor que ha ofrecido Osasuna en la temporada, una ejecución perfecta de los planes del entrenador, tanto en la vigilancia a Isi, las ayudas en defensa de Rubén García y Víctor Muñoz o los desdoblamientos de Javi Galán. Pero como viene ocurriendo de forma inexplicable, después de la cara A sale la cara B, y en ella un Osasuna que, con ventaja en el marcador, da marcha atrás y se olvida de tener el balón (aunque el césped de Vallecas no ayudara al deteriorarse con el paso de los minutos). Y llegó el gol del Rayo para dar la razón a quienes vaticinaban durante el descanso que esto iba a pasar una vez más. Un déjà vu. “Lo de siempre…”, me decía por WhatsApp un aficionado fatalista. Pero esta vez se equivocó.

Por encontrarle una explicación al modo como Osasuna ha resuelto sus dos últimos compromisos, yo creo que los planes con los cambios le salen mal a Lisci; quiero decir que con los futbolistas de refresco no consigue recuperar la disciplina y el mando de la primera mitad, que sería la intención del italiano, pero la jugada le sale bien. El equipo de urgencias, con Osambela en el doble pivote (ahí se desenvuelve mucho mejor que de central, como dejó sentado en el Promesas), Bretones en posición avanzada y sin Budimir en el campo (que ya es atrevimiento…) parece que va a su aire: ataca en oleadas, repliega mal, Rosier tiene que recular ochenta metros, Boyomo se para reclamando un penalti, se cae el sistema y a Herrera se lo llevan los demonios. Otra vez jugando a todo o nada, ganar o perder, saltar a la parte alta o comprar billetes para el descenso. Y ese Osasuna me pone, y creo que a los jugadores también, porque esos triunfos al borde de la agonía estimulan y recompensan como pocos. Que dos goles llegaran en tiempo de prolongación dibujan a un grupo tan temerario como ambicioso, en particular en la ejecución del tercer tanto, en una combinación entre los dos pivotes, entre dos canteranos.

Ni la victoria ni la derrota son cuestión de suerte por mucho que se recurra al tópico. Antes de alcanzar objetivos hay un aprendizaje: y a veces se aprende a palos. Ayer, Lisci hizo lo que no contempló en Anoeta en la Copa: colocar a Víctor Muñoz por el centro para desafiar con la velocidad que todavía le quedaba a esas alturas de partido a los zagueros rayistas. Para tomar esa determinación no hace falta tener ningún título, pero sí un futbolista de esas características en la plantilla. Y el catalán no es hoy protagonista por lo que tiene sino por lo que aún puede dar si trabajan con él adecuadamente; de hecho, desde que llegó a Pamplona defiende mejor y aguanta más minutos en el campo. Y más importante todavía: es más resolutivo en el remate a portería (con pie del rival o no por medio). Y más concluyente aún: la afición le ha abrazado como uno de los suyos.

Osasuna se acerca al mejor escenario que podía encontrar tras unos meses titubeantes: el entrenador se sacude la presión, hay futbolistas que están a un alto nivel (Moncayola y Budimir en particular), la cantera gana peso (Herrando, Iker, Osambela), el equipo suma seis goles y seis puntos en dos partidos y gana como visitante nueve meses después. O lo que es lo mismo: un caos bien organizado.