Alessio Lisci ha conseguido cerrar el círculo. Le ha costado, pero Osasuna es lo que él pretendía: un equipo incisivo por bandas, solvente en la tarea defensiva, resolutivo en ataque, aseado en el manejo de balón… La del entrenador italiano ha sido una tarea lenta, de prueba-error, probando alternativas, identificando el dibujo que reclama cada momento de partido, buscando el equilibrio en un trabajo coral en el que todos atacan y todos defienden; ese proceso en el que faltaba por coser las segundas partes, por sostener durante los noventa minutos el mismo plan y la misma intensidad, quedó completo en Vigo.

La idea estaba llegando a su madurez, como quedó expuesto en la visita a Vallecas y en el excelente rendimiento ante el Villarreal. Y ahora sí que Osasuna lleva el sello del entrenador y los jugadores se identifican con la propuesta del míster. Si este camino compartido entre club y técnico era en julio de largo recorrido, ambas partes están ya en la buena senda. En Vigo, no hubo bajón en la segunda mitad, el empate del Celta no hizo mella ni en la moral de los rojos ni en su fútbol. Tampoco se descentraron tras las decisiones de un árbitro que les complicó el partido con unas decisiones incomprensibles con VAR y sin VAR. Ni por las lesiones que viene sufriendo la plantilla, la de Boyomo, que en un primer examen “no tiene buena pinta”, según dijo su entrenador.

Pero bueno, para eso (y para más) está Herrando en la plantilla. Y también Iker Muñoz, que si tuviera continuidad como titular aporta más dinamismo al juego y una posición más avanzada del pivote en el campo. Y entró Osambela para cambiar a defensa de cinco y demostró que, por versatilidad, da juego para más de una posición. Y Raúl García compareció en uno de esos partidos de veinte minutos que tiene que jugar porque está por delante una leyenda que no deja de marcar goles. Fue un partido redondo, en el que Rosier seguía corriendo a campo contrario en el minuto 95, Catena asistía de cabeza para el 1-2 y Rubén García se reinventaba como centrocampista.

Pero un poco por encima de todos, la personalidad y el talento de Aimar Oroz salieron a flote en el diluvio de agua que empapó a Balaídos. En ese marco en el que la lluvia convierte en épica cada disputa de balón, el joven genio leyó el partido como nadie. Sus conducciones de balón desatascaban la circulación cuando el Celta presionaba, dormía la pelota esperando un desmarque y se colaba en el área con la serenidad de un asesino silencioso. Hubo minutos en el segundo acto en los que posicionado en la parcela izquierda del rectángulo, tiraba líneas con el balón y con la complicidad de un Javi Galán que ha dado otro aire a ese lateral y de un Raúl Moro que mejora mucho al equipo.

En este punto, habrá que aplaudir la buena gestión de Braulio Vázquez al incorporar a dos futbolistas que han elevado el nivel de la plantilla; y no solo eso: permiten recuperar ese juego por bandas, de extremos a la vieja usanza, del que tan devota es la parroquia rojilla desde los tiempos de Echeverría y Martín. Con esos dos tipos sueltos –me refiero a Moro y Víctor Muñoz–, Budimir puede elevar sus cifras goleadoras a niveles históricos. Habrá quien, con buen criterio, ponga a enfriar esta euforia que se ha apoderado del osasunismo después de esta racha de cuatro partidos en los que el equipo ha conseguido un botín de diez puntos.

Pero hay motivos para celebrar. El propio Braulio, en lo que atañe a su función en el club, no podía ocultar su satisfacción al reconocer que algún equipo había preguntado con insistencia por un futbolista y que el club se mantuvo firme en su política de pedir la cláusula íntegra, sin rebajas. Nada me extrañaría que la pieza cotizada, o una de ellas, fuera Aimar Oroz. Porque en este Osasuna que interpreta el fútbol colectivo que le gusta a Lisci, ese en el que el compromiso con el compañero es una seña de identidad, cuando la pelota pasa por los pies de Oroz, suena música en el estadio aunque este descargando una tormenta.