Era delineante. Se dedicaba al diseño de planos para proyectos de arquitectura e ingeniería, así que conocía a la perfección los materiales que se requerían para el oficio. En 1985, Pedro Ardanaz cambió de rol y, en vez de ir a comprar instrumental, pasó a ser el que lo vendía. Más de cuatro décadas después, la “papelería técnica”, como a él le gusta llamar a la tienda, se queda sin relevo porque, a sus 67 años, Pedro se jubila y todavía no ha encontrado comprador.

Aunque “ahora ya todo es digital”, lamenta el delineante, el negocio funciona muy bien porque aún hay clientes que demandan la labor de Color Digital. Y es que el establecimiento del número 31 de la calle Fuente del Hierro, en Iturrama, además de vender material de papelería “de toda la vida”, también lleva a cabo labores de impresión profesional, ya sea para pósters comerciales, carteles para congresos de enormes dimensiones e impresiones en papel fotográfico de alta resolución; o para pedidos más personales, como tarjetas de felicitación o apuntes de estudiantes.

Estos últimos son, precisamente, algunos de los clientes más fieles de Pedro ya que la papelería se sitúa a escasos metros de la Universidad de Navarra, aunque también acostumbran a recurrir a sus tintas abogados, ingenieros, médicos... En definitiva, una clientela “de lo más variopinta” conformada por cualquiera que necesite un rótulo o cartel para su actividad laboral. En este sentido, reconoce, “estamos en un lugar privilegiado porque la UNAV, la CUN o el CIMA son clientes para los que trabajamos y que sabemos que no van a fallar”.

Del amoníaco al digital

Las artes gráficas no se han librado de la revolución digital que ha caracterizado a las últimas décadas. Al principio, cuenta Pedro, “todo era más manual”. “Para imprimir planos, por ejemplo, se empleaba una maquinaria que funciona con amoníaco”, detalla. Mientras, para las fotografías se llevaba a cabo un proceso denominado revelado químico, que ya solo se deja ver en la típica escena de película en la que las fotografías cuelgan de una cuerda en una sala oscura con luces rojas.

Los tres trabajadores, junto a los materiales y la maquinaria de Color Digital. Javier Bergasa

En la actualidad, las enormes impresoras que ocupan la trastienda de Pedro funcionan mediante un mecanismo denominado “chorro de tinta”. A pesar de que hay gente que, con todas las herramientas disponibles hoy en día, prefiere probar a imprimir sus proyectos de forma autodidacta, desde Color Digital insisten en que, en ocasiones, es más práctico recurrir a expertos porque “si intentas hacer en casa muchas de las cosas que hacemos aquí, te va a salir mucho más caro y puedes pasarte media vida para terminar”, bromea el dueño.

Buscando relevo

Las grandes plataformas y las compras online están terminando con multitud de pequeños negocios, y el auge de lo digital ha hecho que parezca más importante tener un logotipo para redes sociales que cualquier tipo de contenido en papel.

Sin embargo, este no es el caso de Color Digital. Aunque a lo largo de sus 41 años de historia haya pasado por tiempos difíciles –”como todos los comercios”–, el local todavía tiene mucho que ofrecer, según considera su dueño.

“La crisis del ladrillo, en 2008, o la pandemia fueron tiempos duros para nosotros”, reconoce Pedro, “pero también lo fueron para muchos otros negocios”. Tal y como reflexiona, “la vida de este tipo de tiendas no es plana; hay momentos de mucho trabajo y otros de crisis, pero es una pena cerrar un local así cuando todavía funcionamos tan bien”, lamenta.

Por eso, el dueño lleva ya unos meses buscando a alguien que coja el testigo de su papelería. Por el momento, Pedro y su mujer, Susana Santamaría, que también trabaja en Color Digital, han recibido cuatro llamadas de posibles compradores, aunque aún están valorando si alguno es apto para dar continuidad a su historia.

Hasta ahora, quien más encaja con sus expectativas es una diseñadora gráfica que mostró interés en el local hace unas semanas y que, para el dueño, “es la que más controla del gremio como para adquirir este negocio”.

Después de cuatro décadas –”toda una vida”– tras el mostrador, Pedro admite que la jubilación traerá a su vida mucha tranquilidad, aunque también un cambio algo vertiginoso. Mientras, su buzón de llamadas espera a que llegue alguien capaz de salvar a Color Digital de convertirse en uno de esos “lofts” que están reemplazando a las tiendas de barrio.