Más ruido que nueces. En el Congreso y en el teatro Galileo Galilei. Todo se mueve a este lado de la M-30. Los hunos -con la h de Unamuno- golpeaban y vociferaban por la permisividad de Marlaska con el depravado jefe policial, exigiéndole su dimisión. Los otros imaginaban un desiderátum inalcanzable para esa izquierda narcisista y arrumbada ante la llegada del apocalipsis. Un alboroto sin límite con caladeros bien diversos. Solo les une la sensación de aportar carne fresca para los memes, las tertulias y los egos, que los hay. Su efectividad real, más que discutible. Incluso, rayando la inanición.

El PP no deja de superarse en su atribulada oposición. Bien es verdad que los incontables descosidos del Gobierno Sánchez alimentan con generosidad sus instintos siempre tan arrebatadores. No los desaprovecha jamás. Le acaba de ocurrir con la depravada actitud del jefe policial más próximo al ministro de Interior, tantos meses silenciada bajo la ley implacable de la omertá propia del Cuerpo. La oposición vuelve a creer que ha mordido con éxito. De ahí su desaforado comportamiento en el último pleno, convirtiendo sin desmayo la Cámara en un gallinero ensordecedor. No está tan claro. De hecho, con el paso de las horas hasta Feijóo ha rebajado el volumen de la vociferada dimisión de Marlaska. Hay un presunto delito sexual, sin duda. Pero también será difícil demostrar que Interior contemporizó con las desvergüenzas del impresentable DAO. Las venganzas entre los dos bandos policiales tan ideológicamente encontrados no tienen límite.

El Gobierno descarta que la víctima sexual aboque al abismo a Marlaska. Asume el previsible calvario que le espera con los audios del acoso, pero tampoco se rasga las vestiduras salvo intromisiones interesadas. Entre bomberos, sostienen en La Moncloa, no deben pisarse la manguera. Así se lo recomiendan al PP, precursor de la doble moral por su furibunda agresividad en la comprensible denuncia contra el vomitivo comisario ya jubilado y sin placa y, en cambio, su contemplativa respuesta ante la pública acusación contra su alcalde en Móstoles por comportamientos similares en desvergüenza.

En cuestión de alborotos, parada y fondo en la Puerta del Sol. Allí acaba de estallar el primer polvorín interno de la era Ayuso. Entre los rescoldos puede detectarse la frivolidad mantenida por esta pizpireta presidenta para lidiar en el ámbito de la Comunidad de Madrid el enmarañado reto de las Universidades y que había entregado a una cuadrilla de animosos arribistas, plagados de inexperiencia y superados de ineptitud. Esos son los Pocholos, unos cayetanos ensoberbecidos por la ambición desmedida de su guía protector, un simple juglar de verbo adulador, consentido durante demasiado tiempo en los pasillos del poder, y que al ser desnudado su engaño ha acabado por renunciar a su único sostén, la jefatura del ballet de Madrid. Sobre este patético ideólogo, Castillo Algarra, ha recaído el presente y futuro de la universidad madrileña.

Hablemos de Rufián

La empecinada campaña del carismático portavoz de ERC advirtiendo de que llega inexorable la España en negro desmonta en primera derivada los entusiastas sondeos del socialista Tezanos en favor de su partido. Ahora bien, la única verdad no puede estar a la vez en estas dos versiones tan contrapuestas. Tras las urnas de Extremadura –Guardiola cada día resulta más patética por ineficaz– y Aragón, y las previsiones de Castilla y León –Mañueco no es menos nefasto que la candidata extremeña, dicho sea de paso– y Andalucía, convendría en atender las ponderadas advertencias del mediático Rufián. Otra cosa bien distinta es el tratamiento para curar la enfermedad.

De momento, cunde el alborozo en una parte de la izquierda. Hasta ahora permanecían agazapados -muchos, no obstante, así siguen-, sencillamente temerosos de que era inevitable el cambio de ciclo. Principalmente porque huelen la derrota que se les avecina. Aún peor, les aterra la próxima llegada de una (ultra)derecha que puede fagocitar sin miramientos los avances sociales conseguidos y el decorado de libertad democráticas. Rufián los ha despertado. Tampoco ha ido mucho más allá. Quizá porque se lo impiden las dudas que se agolpan sobre la viabilidad de su propuesta bastante enrevesada. Las incongruencias inoculadas en su amotinamiento de hondo calado mediático se multiplican en cuestión de una viabilidad casi imposible en materia de confección de listas. Lo hacen, además, en paralelo a la existencia de una izquierda plagada de personalismos, rencillas y de interminables debates sobre su ortodoxia ideológica. Mucho alboroto para cosa buena.