Con apenas unas semanas de diferencia, y mientras en la Berlinale se defendía el derecho de los actores a no pronunciarse políticamente, figuras globales y dispares nos han recordado que la música sigue siendo un magnífico altavoz para las causas que lo precisan.
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Abrió fuego Bruce Springsteen hace casi un mes con Streets of Minneapolis, una canción de respuesta urgente a Trump y a las salvajadas del ICE. Nada nuevo en su abrumadora y admirable trayectoria, que tantas veces ha dado voz a los márgenes de Estados Unidos. Acaba de anunciar, además, una gira por Estados Unidos. "Una primavera de rock y rebelión", ha dicho.
Le siguieron Green Day y Bud Bunny en la Super Bowl. Los primeros, fieles a su estilo punk; la estrella puertorriqueña, con un show que se convirtió en una reivindicación latina. Porque América es mucho más que Estados Unidos.
Los últimos, por sorpresa y hace solo cinco días, U2. Los irlandeses han emergido tras años de silencio y, recuperando parte de la rabia que los hizo grandes, han lanzado un EP (Days of ash) con cinco canciones que recorren Ucrania, Gaza, Irán y Minneapolis. Composiciones que hablan de personas, de rebeldía y sufrimiento, y que quedan atravesadas, como la magnífica The tears of things, por esa sombra negra que nos sobrevuela.
Dirán que no sirve de nada, pero no es cierto. Por muy cínicos que nos hayamos vuelto, el arte y la música impactan y conmueven. El tiempo que corre no pide más activismo blando e introspectivo. Si lo que está en juego son los derechos humanos y la propia democracia, se recuerda a quienes se comprometen, sí, pero también a quienes, por miedo a polarizar o ser cancelados, no lo hacen.