La guerra de Ucrania cumple este martes cuatro años desde que Rusia lanzara un ataque por tierra, mar y aire con la intención de anexionarse parte del territorio en un conflicto bélico corto. La realidad, sin embargo, es bien distinta. A día de hoy, casi nadie atisba su final, excepto Donald Trump. El presidente estadounidense, que el pasado mes de agosto puso la alfombra roja para recibir a Vladimir Putin en la fallida cumbre de Alaska, sigue insistiendo en que esta primavera se puede firmar la paz, pero su apreciación no es compartida ni por analistas ni por la propia población ucrania, que extiende su desconfianza al dirigente ruso hasta el punto de estar convencida de que si se llegara a un armisticio, este sería incumplido más pronto que tarde.

En todo este tiempo, Rusia se ha anexionado partes de las regiones de Lugansk, Donetsk, Jersón y Zaporiyia hasta ocupar en torno al 20% de Ucrania. Pero sus progresos se han estancado en los dos últimos años, pese a los ingentes esfuerzos y recursos destinados. La exigencia del Kremlin de que Ucrania le ceda el 22% de Donetsk que aún controla es innegociable para Kiev por múltiples razones. Entre ellas, porque unos 200.000 ucranios viven en ese territorio y porque significaría cederle a su enemigo una victoria que por las armas le costaría, si es que la consigue, entre uno y dos años y miles de muertos.

Bajas de vidas humanas que habría que sumar a las que acumulan ambos bandos. En estos conflicto es muy difícil contar con datos verosímiles de muertos y heridos. Un estudio del Center for Strategic and International Studies publicado en enero asegura que 1,2 millones de soldados rusos y 600.000 ucranios han caído en combate en estos cuatro años. Muy por encima de los números que reconoce Zelenski, quien habla de 55.000 muertos en sus filas, que otras organizaciones que cuentan obituarios y desaparecidos elevan al menos a 160.000.

A estas cifras hay que añadir las penurias que genera el conflicto entre la población invadida, que soporta otro duro invierno con temperaturas que registran los 20ºC bajo cero en muchos casos sin luz ni calefacción por los bombardeos. Y aunque al menos en los supermercados no hay problemas de abastecimiento, la población sufre el encarecimiento de los productos en lo que es otra consecuencia de la guerra.