La justicia es tiempo, Lutxo. La justicia juega con los tiempos. Y por eso resulta, a veces, tan sospechosa. Están los recursos, las demoras, las prórrogas procesales comprensibles. Y luego estás las concesiones veladas y las dilaciones jurídicas, y la denominada mora injusta o retardo deliberado, claro. Y al final, después de todo eso, está el caso Montoro. Y su ingente montante. El monto en oro del caso Montoro, quiero decir, obviamente aproximado.

Ah, la justicia. La justicia es un desiderátum de la conciencia, una aspiración metafísica. La justicia es siempre según y cómo. Y para quién. La justicia se alcanzará al final de los tiempos, decía Jesucristo, creo. En cualquier caso, cambiando de tema, por el caso Montoro van pasando los años de un modo tan natural que resulta encantador. Como por el caso Pujol. Qué maravilla. Pasan los años, pasan las décadas.

Como por tantos otros casos particulares en los que la justicia no solo no se apresura en mostrarse diligente ante la mirada astuta y callada de la plebe, sino que, por el contrario, se complace (o eso parece) en exhibir una cierta arrogancia en lo que se refiere al uso del poder de manejar los tempos arbitrariamente. Oh, tempos, oh justicia. La justicia, Lutxo, viejo amigo, no es justicia si no lo es en su hora. Digamos que tiene fecha de caducidad.

No obstante, respecto a la percepción de la impunidad política en la España democrática, el caso Montoro no ayuda mucho a mejorarla, creo yo. El caso Montoro va dejando una estela fácil de leer. Sobre todo si observas la velocidad que puede alcanzar la justicia cuando se empeña en demostrarlo. La justicia es tiempo, eso está en la Biblia. Cuanto más se demora menos justicia es. Y luego llega un punto en el que eso empieza a resultar muy evidente, Lutxo, le digo. Y me suelta: Pues esperemos que sea para bien.