Leo poco últimamente, entendiendo por leer eso impreso que exige concentración y silencio y nada de pasar el dedo por las páginas para que avancen rápido. Una vez que lo logro, que dejo el dichoso móvil o el pc y me pongo con el libro y avanzo, me siento mejor y, no sé por qué, tengo la sensación de haber hecho algo más productivo.

Cierto es que en Internet puedo llegar a estar leyendo entrevistas interesantísimas o reportajes o informaciones muy jugosas, pero otras veces acabas cayendo en ver el timeline que te ofrece X o el de Facebook y te descubres viendo cómo un indio hace un pastel callejero, que está bien pero no sé si hemos venido al planeta a esto. Un par de vídeos, bien, más ya… Tengo la certeza de que esta situación, idéntica, es la que pasamos muchos y muchas adultos, que peleamos por no sacar el móvil en la villavesa, o cuando paseamos al perro o cuando nos tumbamos en el sofá o incluso cuando tenemos tiempos muertos al cocinar o al andar haciendo cosas por casa.

El móvil y las redes sociales están diseñadas para que te succionen, lo que ha supuesto en los últimos 15 años toda una revolución, no ya solo mediática sino social, con consecuencias en muchísimos ámbitos: social, familiar, educativo, laboral, etc… Quizá dentro de unos años, quién sabe, veamos este tiempo como uno en el que le dimos demasiada cancha a algo que se sabía que era muy adictivo, como cuando fumar era de hombres y una copita al chaval en Navidades no le va a sentar mal, pero por ahora lo que está en nuestra mano de adultos es gestionarlo nosotros mismos como buenamente podamos, tratando de caer exactamente en eso que se llama el término medio y que no se sabe dónde está.

Yo este jueves me terminé de leer la biografía carcelaria del ex tenista Boris Becker y, al margen de recomendarla, me hizo pensar en qué clase de cárceles nos metemos también estando en libertad.