Despejada la agenda del quirófano, toca ofrecer la autopsia sobre los secretos tan celosamente guardados en torno al 23-F. Anticipo que los 153 documentos desclasificados por el Gobierno de Pedro Sánchez sobre la asonada no sostienen una de esas series de éxito de las plataformas. Ni se abunda en elementos fundamentales de la preparación del golpe y el papel jugado por el conjunto de las Fuerzas Armadas. Así que la literatura publicada al respecto puede reeditarse con una breve nota a modo de epílogo que no obligará a modificar un ápice sus conclusiones. Las de los más antimonárquicos, como las de los juancarlistas confesos. Para completar la sensación de que se cierra un capítulo sin leerlo del todo va Antonio Tejero, el rostro del golpe, y se muere el mismo día.
Los documentos y su tratamiento dejan el regusto de que a los responsables de recopilarlos e investigar el asunto les pudo la desgana o las ganas de pasar página cuanto antes. Asistimos a la transcripción de la decepción de la esposa de Antonio Tejero con los mandos del Ejército, al que señala implícitamente como inspirador del golpe, pero a nadie se le ocurrió tomar una nota -no digo ya grabar- de la charla entre el jefe del Estado y el general golpista Alfonso Armada.
La gota que colma
Papeles que desaparecen
Trump y el caso Epstein. Otro serial pendiente de papeles. Los congresistas demócratas de la Comisión que los investiga han notado que faltan los documentos de la denuncia de una víctima que acusaba a Trump y a Epstein de haberla violado. Los papeles existían, eran las declaraciones de la mujer al FBI, pero no están entre lo desclasificado. Hay una enseñanza que se repite en esto de los documentos secretos allá o acá: no se parece a un capítulo de CSI, con agudos -y guapos- investigadores y una solución al final de cada episodio. Sus guionistas resultan menos incisivos, pero la sensación es que los hay.
La información sobre el papel de Juan Carlos de Borbón es tan escueta que no añade prácticamente nada al relato oficial. No confirma ni descarta que estuviera al corriente. Solo ratifica que llegó un momento en que apostó con firmeza por el orden Constitucional y trasladó a Armada que con su mensaje televisado tras 7 horas de silencio ya no cabía “marcha atrás”. Críptico a la luz de la decepción de los golpistas; se diría que esperaban algo más de él - “el error fue tratar con él como si fuera un caballero”-. De hecho, se convierte en “objetivo a batir” después de ese día. Antes, los golpistas le verían como figura a preservar.
En resumen, esta autopsia concluye que el 23-F murió porque se le paró el corazón. Y tan pichis.