Los datos de paro registrado en las oficinas de empleo de Navarra dibujan una fotografía que, a pesar del complejo escenario internacional, aporta motivos razonables para el optimismo. Pese al leve incremento del paro en el último mes, que deja la cifra de desempleados en su punto más bajo desde 2009, Navarra crea empleo a un ritmo cercano al 1,8% anual, muy por encima de la CAV, de La Rioja, dos territorios también muy industrializados, y con un dinamismo similar al de Aragón, que en los últimos años ha acaparado titulares gracias a las enormes inversiones tecnológicas anunciadas. Pese a la voluntad de la derecha de retratar un escenario de pesimismo, el empleo en Navarra carbura, con 314.893 afiliados, 5.551 más que el año anterior. Estos buenos datos, que no son ajenos al hecho de que Navarra mantiene estabilidad económica y presupuestaria, no suponen, sin embargo, una garantía de futuro.

La escalada del conflicto en Oriente Próximo amenaza con abrir una nueva crisis de alcance difícil de prever: encarecimiento sostenido de la energía, mayores dificultades para exportar y posibles disrupciones en cadenas de suministro. Si eso se traduce en pérdida de actividad, costes más elevados y menores ventas, la competitividad de nuestras empresas se resentirá y el empleo girará el ciclo, empezando por los contratos más frágiles y los sectores más sensibles a la demanda.

Encaramos, además, una vulnerabilidad conocida pero aún no corregida: la feminización persistente del desempleo y de la precariedad. Aunque las tasas femeninas de paro se acercan a las masculinas, las mujeres siguen concentrándose en salarios bajos, jornadas parciales y mayor rotación, precisamente en sectores como los cuidados, el comercio y determinados servicios. Si la nueva crisis se traduce en ajustes empresariales, el riesgo es que los avances en participación laboral femenina se vean erosionados y que la brecha se consolide en ingresos, estabilidad y carrera profesional.

Las políticas económica, laboral y de igualdad deben anticiparse para proteger el empleo de calidad, corresponsabilidad y evitar que los ajustes se descarguen sobre los eslabones más débiles. Porque la buena evolución del empleo es también indicio de cohesión social y ésta será tanto más sólida cuanto más justa.