Esto de los españoles de nacionalidad pero extranjeros de tributación a los que les ha pillado el tomate en sus países sin impuestos me recuerda un poco a los de las ganancias son privadas las pérdidas que me las apañe lo público, de gran éxito entre buena parte de empresas. Resulta que te vas de España, que estás en tu perfecto derecho, a un país de metacrilato y arena porque allá les sale la choja por las orejas a causa del petróleo y no necesitan de tus impuestos –pero sí de millones de semiesclavos que les monten el metacrilato y los decorados de cartónpiedra– pero cuando vienen mal dadas a llamar a todo correr a papá a casa para que venga a buscarte. Papa estado, claro.

Que, esperen, igual yo haría lo mismo, claro, en esa situación, porque tiene que acojonar, pero confío en que una vez que lo hiciera, porque salvaguardar la vida es lo primero, quizá lo suyo sería cambiar un poco el chip, empezando por cerrar la boca –en redes sociales y televisiones aún rondan influencers de est@s que se quejaban de cómo les habían atendido los consulados españoles en los países árabes– y, qué sé yo, igual hasta me replanteaba algo de mi forma de tributar. Porque tengo para mí que tu forma de tributar dice más de tu forma de ser que casi todo lo demás y que te retrata claramente. Y estoy de acuerdo, ojo, con quien cree que tiene unos pocos años de ingresos buenos por delante –la clase media del ciclismo, por ejemplo– y se va a Andorra un tiempo y luego vuelve si quiere, pero con la boca cerrada.

Vamos, que somos muy libres de cooperar con la sociedad o no, pero por favor con la boca bien cerrada si lo que has decidido es no hacerlo. Y si por una causa mayor al final te hemos traído a tu país de nacionalidad entre todos, no sé, quizá que os metan un mes a desbrozar montes para la campaña veraniega anti incendios pues ni tan mal. O a algo que sepáis hacer, que algo sabréis, digo yo.