Lo curioso del caso es que si yo aquí digo A y tres líneas más tarde digo B y así un montón de días lo más normal sería que alguien del periódico me llamase y se interesase primero por mi salud mental y luego me aconsejase que me lo hiciera mirar porque no es de recibo en un periódico serio decir una cosa y la contraria en un mismo texto. Si fuese abogado, cajero, camarero, médico, policía, repartidor, arquitecto y en mis acciones y relaciones con los demás actuase como un completo desequilibrado llegaría un momento en el que las personas que están por encima de mí en el escalón jerárquico tomarían cartas en el asunto.
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Si eres presidente de los Estados Unidos de Norteamérica esto no pasa. Puedes decir que la guerra está casi terminada y baja 30 dólares el precio del barril de petróleo y a las 2 horas colgar un texto en una red social comentando que a Irán le van a dará 20 veces más duro y suben 15 dólares esos mismos barriles, con medio planeta entre atónito y acojonado. Y en aquel país de los cojones no hace nadie nada. Su magnífica democracia, sus avanzados mecanismos de control, su maravillosa libertad, su separación de poderes, no parecen servir de nada ante lo que parece ser un evidente caso de disfunción mental. No le pondré adjetivo ni enfermedad porque no la sé y además tengo un enorme respeto por todos aquellos que las sufren y por sus familias. Pero si une oye cinco minutos seguidos a Trump, sus delirios, sus divagaciones, sus cambios de rumbo constantes, salta a la vista que estamos ante alguien con un obvio problema psíquico que le debería inhabilitar para llevar siquiera la responsabilidad de recoger los excrementos de su perro. Pero allá no hace nadie nada.
Un presidente de un país poderoso no puede ser así, tienen que retirarlo, darle medicación y que viva sus últimos años pegando bolas y dando paseos en la orilla.