Son miles y miles. Más de 7.000 hace unos días y casi 4.000 este sábado, no necesariamente distintos. Muchos repiten, se examinan en busca de una nota que les proporcione acceso al empleo público en Navarra, el bien más codiciado. Las oposiciones, su capacidad de convocatoria, las preguntas que deben responder los concurrentes, suelen figurar entre las noticias más leídas y funcionan también como un síntoma.
Un termómetro preciso del cambio de una sociedad que valora la estabilidad en momentos de incertidumbre; que prefiere disponer de tiempo libre, de tardes de esparcimiento o al cuidado de los hijos. Pocas actividades, al margen del siempre envidiable rentismo, permiten disfrutar de las medidas de conciliación y jornada del empleo público, con menos de 1.600 horas al año de trabajo efectivo.
Un refugio también para la clase media y para innumerables graduados universitarios a quienes el sector privado, donde los salarios más han sufrido en las dos últimas décadas, ofrece cada vez menos oportunidades de mantener su estatus o el que un día lograron sus padres. El empleo público que hace 25 años carecía de atractivo económico hoy está mejor remunerado que el privado. Normal que tenga éxito. Cuestión distinta es que, tal y como está diseñado, sea sostenible.