En los días de hecatombe en los que vivimos y de amenaza seria a nuestra vida cotidiana y su coste, parece una frivolidad de campeonato ocuparse de un personaje imaginario, como Robinson Crusoe; pero el caso es que hace días que gracias a los desvelos del arquitecto Luis Tena y a nuestro cunqueriano cronista Mikel Zuza –véanse sus fantásticas crónicasnicacas del libro redondo de Leyre–, Robinson Crusoe anda suelto por Pamplona.
El primero ha recordado que yo mismo hablé varias veces de esa insólita visita ocurrida en el otoño de 1688 cuando Robinson dejo atrás su isla y apareció en Lisboa camino de Inglaterra pasando por Madrid y Pamplona buscando pasar a Francia y embarcarse en Burdeos. Lo cierto es que esto se cuenta en la novela de Defoe tejida sobre el relato del Robinson escocés Alexander Selkrik que vivió unos años en soledad en la lejana isla chilena de Juan Fernández, abandonado por propia voluntad cuando se negó a seguir pilotando un barco, el Cinco Puertos podrido del gusano de la broma que ataca y destruye la madera y por tanto condenado a un naufragio seguro.
Hace años (2003) pasé un par de semanas en aquella isla y me encontré con que los isleños, acérrimos lectores del Robinson de Defoe, que decían saberse la novela de memoria no tenían ni idea de su paso por Pamplona, claro que, si vamos a eso, tampoco sabían para donde caía nuestra ciudad, algo que les expliqué a los chavales de la isla en la escuela donde les di una charla para comprobar que su mayor deseo era largarse bien lejos de la isla cuanto antes mejor sin encender hoguera para atraer barcos de salvamento. Ya viejo, Selkrik voceaba en las tabernas de Londres refiriéndose al libro de Defoe: “¡Me robó mi historia!”
No soy tan experto en caminos como lo fue Defoe, agente secreto de la corona británica de su época y comerciante poco escrupuloso; pero imagino que entraría en aquella Pamplona de finales del siglo diecisiete por el portal de San Nicolás y habría ido a parar, aconsejado por unos y por otros, siempre y según el cabe imaginar a la calle de la Estafeta. Pasó por los fosos cubiertos de nieve, pero en lugar de tropezarse con el famoso mono Charlie, lo hizo con un oso que atemorizó a Viernes, su fiel acompañante, al tiempo de que los lobos rodeaban nuestra ciudad. Sombrío panorama que invitaba a encontrar un buen fuego y buena bodega.
El mono de los fosos, a falta de doctas antiparras, aunque Mazas se las pusiera, así como una profusión de colgajos la habría tramado con el loro, que llevaba a hombros Robinson, pero al parecer el oso se estuvo quieto imponiendo su presencia y no hizo mucho caso de aquel hombre cubierto de pellejos, que enarbolaba una gigantesca sombrilla que dudo le protegiese del tormentón de nieve en el que había caído.
El escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, dio una conferencia en 1924 en un congreso de Eusko Ikaskuntza celebrado en San Sebastián y luego publicada en la Revista Internacional de Estudios Vascos del mismo año, uno de cuyos números pude comprar en la por desgracia desaparecida librería de viejo de la viuda de Abarzuza en la calle Eslava, que fue la gloria durante los años que duró, con el desbarate de la biblioteca de Fermín Negrillo, que compramos a puñaos y merece capítulo aparte: así con suerte terminarán nuestras bibliotecas en manos de otros bibliófilos en campaña, en los libros del portal de Francia u otros
Mazas hace que Robinson se aloje en la fonda del Papagayo de Indias, donde el estólido Robinson se encuentra con Cosme III de Medicis y su cortejo, nombre que por ser muy barojiano –el cabaret de la cotorra verde guión cinematográfico de don Pio– me gusta mucho y podría haber sido el de un bar de copas sanjuanero de los felices ochenta.
Supongamos que esa fonda estuviera en la calle de la Estafeta cerca de Tejería, y el gran salón fuera una mezcla del mesón del Pirineo de los sesenta y el viejo Sixto, por sus humeantes y apetitosos fogones, y del viejo Kabiya que tenia una chimenea con fuego frente a la que era gozoso beberse un copazo como hice una noche con el poeta primo de esperanza Aguirre Jaime Gil De Biedma, traído a Pamplona por Xabier Morras a la sala de cultura de la CAN –otros tiempos–, a la que dedicaremos una próxima página dominical.
Puestos a poner en escena personajes de prestigio, pongamos también a Shakespeare que pasando por Pamplona compró en la imprenta de Labayen, un ejemplar de Las noches de invierno (1609) del sangüesino Antonio de Eslava en las que Shakespeare se inspiró para escribir su inmortal La tempestad, asunto este estudiado hasta la saciedad por hispanistas de diversa nación. A capricho pongo esa imprenta en la calle Jarauta, frente a lo que fue el bar Roncal, paredaña con el entonces teatro de la luna porque me conviene ento y, por el patio trasero, con el famoso del burdel de La Turca, de la calle Descalzos, que en realidad era griega, Teodora Moazos Folaquis como otro turcos del exilio y el genocidio griego en Turquía .
Aunque creo que estaba en la de Cuchillerias.