Todos los años por estas fechas, lo compruebo y repaso con agrado cuando el móvil me manda recordatorios, saco fotos de lo mismo. Campos verdes. Campos verdes con dientes de león amarillos. Campos verdes con dientes de león amarillos y margaritas blancas. Incluso campos verdes con dientes de león amarillos y margaritas blancas y pequeñas flores azuladas: verónicas, campanillas, vincas, violetas, flores de lino o lirios. Esos colores me despiertan una energía tranquila, diría incluso que confiada, la vida se impone. Hace tiempo, la cazadora recolectora que llevo dentro no podía volver a casa sin un ramo. Ahora, aunque casi siempre me basta con mirar, de vez en cuando corto un par de flores o alguna rama para colocarlas en un jarrón. Pasarán la semana sobre la mesa y cada vez que me siente admiraré su colorido o su forma y me llevarán al paisaje del que vienen.
Hace poco, I me regaló un esquejero. Es un objeto bonito. Una esfera de cristal transparente, achatada en la base y en la parte superior, donde tiene varios orificios para introducir esquejes y esperar a que prosperen. En este momento conviven dos ramitas de monstera deliciosa o costilla de Adán, una de plectranthus verticillatus o planta del dinero y otra de cissus rhombifolia, ciso. Alimentándose del agua, empiezan a diferenciarse las raíces, unas son apenas capilares, finas y translúcidas, otras crecen blancas y fuertes, con forma de colmillo de elefante. Allá donde va a brotar una raíz, la planta segrega una sustancia, una nube envolvente y precursora. Contemplo mi esquejero. Miro el campo. También en la ciudad las plantas han despertado. Pronto florecerán los lilos. He elegido el banco desde donde mirar cómo se llenan de hojas un olmo, un roble y varios abedules. Hay pocas cosas que me den más felicidad.