En mediano problema se ha metido el Departamento de Deporte y el Instituto Navarro de Deporte y Juventud al planificar construir en Larrabide una piscina olímpica cubierta, una iniciativa que no parece contentar a prácticamente nadie y que aunque arrancaría las obras en 2027 supone cerrar ya desde verano las piscinas recreativas existentes en Larrabide por un problema de seguridad que, según se dice, es solucionable.

El caso es que las piscinas recreativas de Larrabide, que desaparecerían si se hace la nueva, son destino diario de miles de bañistas en verano, abonados y no abonados, y una instalación utilizada por miles de pamploneses y no desde hace muchísimos años. Unas personas, al menos las abonadas, a las que ahora se les indica que acudan a las piscinas de Gelbenzu, muy cercanas físicamente pero más pequeñas y ya bastante abarrotadas.

Los críticos con la idea –usuarios de Larrabide, usuarios de Gelbenzu, vecinos– argumentan no sin razón que no ha habido un debate real previo, ni un estudio serio de aforos, necesidades, influencia de una instalación así en un barrio ya saturado de coches y falto de aparcamiento y no son pocas las voces que exigen que para la nueva piscina, que seguro que es cierto que es algo demandado por nadadores y para tecnificación, se busque una ubicación diferente en un nuevo emplazamiento ad hoc que no suponga semejante trastorno para tanta gente.

Incluso desde el Ayuntamiento de Pamplona, al menos por parte de PSN y UPN, se insta al Gobierno de Navarra, gestor de ambas piscinas, a que Larrabide se pueda abrir en 2026 y que se estudie de una manera más detenida y pausada el proyecto para ver qué alternativas hay a sacar de la circulación una piscina, Larrabide, con tanto usuario. Tirar todo recto sin analizar toda esta oposición sería un grueso error, así que es de esperar que se ofrezcan soluciones a corto, medio y largo plazo.