Estoy comenzando a leer las memorias aún no publicadas de un amigo, mayor que yo, hijo de la postguerra y coetáneo de los Beatles y mayo del 68 y espectador y actor del final del franquismo y todo lo que vino después hasta hoy, en estos espesos y actuales días en los que una mañana te levantas con un ultimátum de un loco y a la mañana siguiente con una subida de la bolsa del 5% y a la siguiente con otro ultimátum y, entre medio, con la oportunidad de haber visto en Internet noticias como para aplastar las mentes como nueces.

Mi amigo narra con maestría partes de su vida y lo que llevo leído me certifica que el mundo en el que él vivió y en cierta forma en el que yo me críe, pasé mi adolescencia y aprendí este oficio ya nunca volverá. Un mundo en el que te podías aburrir soberanamente, claro, pero en el que la amistad, la música, los libros, el cine y los viajes podían llegar a salvarte de ti mismo, de los demás y de la grisura de cualquier situación, de casi cualquier ciudad, de casi cualquier momento vital. No sé yo si los jóvenes de hoy en día, nacidos en una época tan hiperconectada y tecnológica, son capaces de disfrutar de la existencia como, quizá inocentemente, tengo la sensación de que lo fueron generaciones anteriores a la mía, la mía y algunas posteriores.

Debería de existir un sistema para medir esto, que pudiese analizar estadísticamente cuáles eran los niveles de satisfacción de la juventud según las épocas. Ni mucho menos pretendo embellecer el pasado, tan grosero y duro en muchos aspectos, ni las evidentes carestías, sino simplemente plasmar que me da que en muchos campos o al menos en la capacidad de disfrutar ciertas cosas se ha ido para atrás, tal vez presos de las prisas, el exceso de estímulos y, por qué no decirlo, la incertidumbre ante un futuro cuando menos turbio a nivel laboral, económico, medioambiental y político. Quizá simplemente es que me hago mayor.